NVL,VA- Capítulo 12.

 

Capítulo 12.

Al día siguiente por la mañana, Castiel revisó por última vez el estado del Emperador. En su rostro, antes pálido, ahora circulaba una calidez bastante aceptable.

Con la ayuda de Declan, consiguió papel y pluma. Su intención era dejar algunas instrucciones para el médico imperial que volvería a hacerse cargo del paciente.

1. Mantenga la cabeza a la misma altura de la almohada actual.

2. Cambie el vendaje que envuelve la cabeza una vez al día. (Hoy no es necesario hacerlo).

3. Antes de cambiar el vendaje, aplique extracto de milenrama en la zona de la sutura. Lo he dejado sobre la mesa auxiliar.

4. Suministre agua con sal en la boca en intervalos de una hora.

No escribió aspectos básicos como la verificación de la temperatura o la respiración, pues consideró que el médico imperial sería más que capaz de hacerlo. Esto se debía a que los primeros auxilios que el médico realizó justo después del accidente del Emperador le habían infundado a Castiel cierto grado de confianza.

Después de que Declan entregara el papel al médico que esperaba en la habitación contigua y regresará, ambos caminaron juntos por el pasillo. Se dirigían al palacio del Príncipe Heredero, que no estaba lejos de allí. Al igual que el día anterior, el pasillo estaba en silencio y no se veía ni una sola sombra humana.

—Ayer me pareció que usted y Su Alteza el Príncipe Heredero ya se conocían de antes.

Castiel, que llevaba el rostro casi cubierto por completo con la capucha y un pañuelo, dejando solo los ojos a la vista, le preguntó a Declan en un susurro. Ante esto, Declan se encogió ligeramente de hombros.

—No es que nos conozcamos realmente. Solo lo veo de vez en cuando en eventos como los días festivos.

—Para ser solo eso, ayer gritó su nombre en cuanto lo vio. Y usted también habló como si conociera bien su personalidad.

—Si Su Alteza me recuerda, probablemente sea porque se ha quejado varias veces ante el Sumo Sacerdote sobre mi actitud rígida. Lo que dije sobre su carácter fue solo un resumen de lo que he escuchado decir a los demás.

—Ya veo… mmm, definitivamente es el tipo de persona que no me puede caer bien.

En pocas palabras, era un hombre con un temperamento autoritario de nacimiento. Además, recordando su forma de hablar de ayer, su personalidad parecía bastante retorcida. Castiel se estremeció y se subió el pañuelo hasta justo debajo de los ojos.

—Por eso le dije que vendría yo solo.

Entonces, de la boca de Declan salió un tono bastante brusco, algo inusual en él. Castiel, sin darse cuenta, dejó escapar una risa que hizo ondear su pañuelo.

«Ahora hasta estas cosas me parecen tiernas».

Era el momento en que se daba cuenta de cuánto más había crecido su amor no correspondido.

—En fin, no abra la boca por nada del mundo hasta que Su Alteza le dirija la palabra.

—Está bien. Pero si me señala directamente para hablarme, entonces usted tampoco debe intervenir.

—Eso ya lo veremos.

—Vaya, por favor….

Al estar discutiendo como de costumbre, sintió que aquel lugar no era tan diferente a la mansión del condado. Castiel soltó una risita para sus adentros, y escuchó un sonido similar proveniente de la persona que caminaba a su lado.

Al salir del Palacio principal donde estaba el dormitorio del Emperador, pronto empezaron a aparecer personas. Todos parecían ser sirvientes, y cada uno de ellos reconoció a Declan y le dedicó un saludo formal. Por otro lado, al ver a Castiel a su lado, supusieron que era un sacerdote aprendiz; solo lo miraban de reojo de vez en cuando, pero nadie le dirigió la palabra.

Sin embargo, para su mala suerte, la persona a la que menos quería ver fue la que saludó a Castiel. Era el Príncipe Heredero, Therion, quien desde temprano en la mañana se encontraba notablemente ebrio en su habitación.

—Ah, tú. Qué bueno que viniste.

—Mis respetos a Su Alteza el Prínc….

—Ahórrate el saludo. Ya que dicen que eres el gran médico que curó a Su Majestad, intenta curar mi enfermedad también.

Therion dijo eso y le entregó la botella de alcohol que tenía en la mano a un sirviente cercano. Luego, de repente, puso sus manos en su entrepierna y soltó una carcajada.

—Últimamente esto de aquí no funciona muy bien. ¿Cómo se cura que no se levante?

«Qué tipo tan loco…»

Murmuró Castiel para sí mismo mientras daba un paso hacia él. Por experiencia, a los impertinentes era mejor rechazarlos con firmeza desde el principio, incluso usando expresiones un tanto fuertes.

—Lamentablemente mi capacidad es insuficiente para curar problemas de impotencia sexual.

Ante la palabra “impotencia”, la mano de Therion, que parecía estar a punto de bajarse los pantalones, se detuvo en seco. Al notar esto, la comisura de los labios de Castiel se inclinó bajo el pañuelo.

—¿Qué acabas de decir…? ¿Impotencia?

—En términos médicos, la impotencia se refiere a un estado donde las funciones corporales no operan correctamente. Como los síntomas de Su Alteza no son una simple herida o defecto, lo correcto es llamarlo impotencia.

—No, no es que no funcione en absoluto….

—Normalmente es raro sufrir de disfunción eréctil a la edad de Su Alteza. Es más, usted mismo dijo que no es un síntoma aislado, sino que “últimamente” no se levanta bien. En ese caso, podría sospecharse de una pérdida de la función sexual.

Castiel enfatizó la última frase con la intención de dar el golpe final. Pudo ver que las yemas de los dedos de Declan, que estaba a su lado, temblaban con ansiedad conforme sus palabras se alargaban, pero no pudo evitarlo. Para Castiel, este momento era la oportunidad perfecta.

«Mi objetivo principal era bajarle los humos, pero eso no es todo».

A la vez que le daba un escarmiento al Príncipe Heredero, quien claramente intentaba ponerlo en una situación difícil, Castiel quería bloquear de antemano cualquier cuestionamiento sobre su profesionalismo. Por esa razón eligió usar términos médicos a propósito. Además, en este intento también entraba el cálculo de que, mientras no se pusiera a cortar carne y huesos frente a ellos, este nivel de conocimiento médico no parecería extraño.

Y, como era de esperar, Therion mostró la reacción que Castiel había previsto: retrocedió cobardemente.

—¡No es para tanto! Es solo que últimamente he bebido mucho, maldición….

—En ese caso, me alegro.

—Ja… Como tienes una apariencia bastante refinada, solo hice una broma para darte un susto. Qué malentendido tan desagradable he tenido que soportar.

—Lo lamento.

Como si quisiera mantener su orgullo hasta el final, Therion se quejó en voz alta mezclando las palabras “broma” y “malentendido”. Aunque hubo otra expresión que molestó los oídos de Castiel y Declan.

«Ayer, cuando este tipo irrumpió en el dormitorio del Emperador, no llevaba el rostro cubierto. …Bueno, no pasará nada».

Que una sola persona, el Príncipe Heredero, hubiera visto su rostro no supondría un gran problema. Después de todo, no había realizado la cirugía en secreto como en la mansión del condado. Castiel, tras concluir rápidamente la situación, miró de reojo a Declan. Al arrugar la nariz hacia él como diciendo que todo estaba bien, Declan le respondió con una sonrisa tenue.

Mientras tanto, Therion caminó tambaleándose y se apoyó en el sofá como si se dejara caer. Luego, señaló a Declan con la barbilla de manera descuidada.

—Declan Prowes, ¿cómo está Su Majestad?

—Está mejor que ayer. Actualmente los médicos imperiales lo cuidan con total dedicación, por lo que se espera que abra los ojos en unos pocos días.

—Ja, qué buena noticia. ¿Cómo se llama el médico?

—Su nombre es….

—No, quiero escucharlo de él.

Antes de que la vacilación de Declan fuera evidente, Therion buscó de nuevo a Castiel. Su rostro mostraba una curiosidad que no tenía antes.

—Soy Castiel Avon, Su Alteza.

—¿Avon…? Me suena de algo. ¿De qué rincón del mundo dijiste que vienes?

—De Leutiple.

—¿Quién es el señor de ese lugar?

—… Soy yo, el Conde Castiel Avon.

Ante la respuesta de Castiel, los ojos de Therion se abrieron de par en par. Acto seguido, una risa de incredulidad escapó de su boca.

—¿Un señor feudal jugando a ser médico? He visto gente rara en mi vida, pero esto es el colmo.

—Tras la muerte de mis padres, para superar el impacto y la tristeza, me dediqué a leer con fervor libros de medicina… y de forma natural terminé realizando tratamientos.

—Espera. ¿Qué? Qué tontería es esa. ¿Me estás diciendo que te atreviste a poner tus manos sobre el cuerpo de Su Majestad el Emperador solo por haber leído unas cuantas palabras en un libro?

La voz que reprendía con frialdad no se dirigía a Castiel, sino a Declan. Era obvio que su intención era culpar y regañarlo a propósito, así que Castiel bajó la cabeza y frunció el ceño ligeramente.

A pesar de que la flecha fue apuntada hacia él de repente, en el rostro de Declan no hubo ni un ápice de perturbación. Defendió con calma la habilidad de Castiel.

—Durante varios meses he observado de cerca los tratamientos del conde y he verificado su habilidad. Además, el hecho de que el conde se hiciera cargo de Su Majestad fue una decisión tomada tras una revisión exhaustiva por parte del Templo, como mencioné anteriormente.

—Sí, sí. Todo eso está muy bien. ¿Pero cómo es que yo era el único que no sabía nada de este asunto tan importante?

Finalmente, Therion sacó a relucir la pregunta que realmente quería hacer. La razón por la que ayer estaba especialmente irritado también radica aquí.

«Ya empezamos de nuevo».

Para Declan, este tipo de situaciones ya eran familiares: tener que defender la postura del Templo de Beskia frente a Therion. En realidad, el hecho de que el Príncipe Heredero se ensañara precisamente con él entre tantos sacerdotes se debía en gran parte a que el Templo siempre usaba a Declan como escudo.

Sin embargo. Aunque hacía mucho que ese momento de tener que decir cosas que no sentía le resultaba más que aburrido e irritante, esta vez era la excepción. Se debía a que descubrió que Castiel, a su lado, parpadea con ansiedad con los ojos llenos de preocupación sólo por él.

Declan tragó algo que estaba a medio camino entre una risa y un suspiro antes de hablar.

—Si me atrevo a interpretar la postura del Templo, parece ser que fue una elección inevitable por temor a que Su Alteza no permitiera que el conde tratara a Su Majestad.

—¿Por qué?

—Como Su Alteza es una persona sumamente prudente, supusieron que no confiaría fácilmente en un médico proveniente de una provincia. El Templo también debe haber tomado una decisión difícil, debatiéndose entre el deseo de respetar la voluntad de Su Alteza y la ambición de confiar el tratamiento al conde como última esperanza.

La palabra “prudente” era un suavización para “quisquilloso”, pero Declan continuó hablando con destreza, ocultando sus verdaderos pensamientos.

—Sin embargo, como Su Alteza sabe, dado que Su Majestad no mostraba mejoría desde el accidente, el Templo no tuvo más remedio que tomar una decisión con desesperación. Por supuesto, esto es solo una suposición mía; en realidad, podría ser simplemente un error cometido por el Templo debido a la urgencia con la que se manejó todo.

Era una respuesta perfecta y sin fisuras, a la que añadió una salida para sí mismo al final. Therion, derrotado sin remedio por la elocuencia de Declan, torció el gesto y dejó escapar una risa amarga. Le siguió un pequeño murmullo para sí mismo en tono de pregunta.

—¿Por qué están desesperados?

—… Lo lamento, no he podido escucharlo bien.

—No, nada. Veo que hoy también te escapas como una serpiente. Me reuniré con Somerville por mi cuenta, así que ya pueden retirarse.

—Así lo haremos. Que la bendición de Dios acompañe cada uno de los pasos de Su Alteza.

Finalmente, se dio la orden de retirada. Castiel se arrodilló junto a Declan e inclinó la parte superior de su cuerpo, para luego incorporarse de nuevo. Con el deseo de alejarse del Príncipe Heredero lo más rápido posible, estaba a punto de darse la vuelta a toda prisa.

—Pero, ¿por qué el Conde tiene ese aspecto tan ridículo?

Era una frase dirigida precisamente a él, así que no tuvo más remedio que responder. Castiel contestó con una sonrisa incómoda.

—Para el encuentro con una persona tan distinguida, cometí la irreverencia de no poder lavarme la cara.

—Parece que no entiendes lo que quiero decir. ¿Acaso nunca has asistido a una reunión social?

—¿Perdón?

—Significa que te quites ese trozo de tela de la cara ahora mismo, Conde.

«Entonces podría haberlo dicho así y ya está».

Castiel insultó al Príncipe Heredero para sus adentros mientras deshacía el nudo del pañuelo. De todos modos, ya había mostrado su rostro una vez, así que no había razón para no poder mostrarlo ahora. Además, frente a este hombre, sus síntomas de pánico no aparecieron.

—Mmm... no vi mal ayer.

—.......

Sin embargo, tan pronto como cayeron esas lentas palabras del Príncipe Heredero, una sensación gélida recorrió la espalda de Castiel. Fue un momento en el que sintió un presentimiento siniestro por una razón desconocida.

—Ya está. Salgan.

—...Sí.

Castiel, que se cubrió apresuradamente la parte inferior de la cara con el pañuelo, agarró ligeramente la manga de Declan. Declan, que no pasó por alto esa débil señal, asintió levemente con la cabeza y salieron juntos del espacio del Príncipe Heredero.

Probablemente no fue una ilusión sentir la mirada fría del Príncipe Heredero sobre sus espaldas.

En la puerta trasera del palacio imperial, Castiel y Declan se reunieron con Ivan y Kevin. Dijeron que habían pasado la noche en el alojamiento para los cocheros.

—Como esperaba, el palacio imperial es diferente. Fue asombroso que hubiera un alojamiento aparte para los cocheros, pero incluso era muy grande y lujoso.

—Nos dieron comida gratis en cada comida, y estaba deliciosa.

A diferencia de los dos que habían pasado por todo tipo de cosas en un solo día, los sirvientes del Condado de Avon parecían haber disfrutado todo el día. Castiel también sonrió satisfecho, pensando que al menos dos de los cuatro habían sido felices.

—Ivan, antes de volver al Condado de Avon, planeo pasar por el Templo de Beskia.

—¿De verdad, amo? ¡Tendré otra cosa más de qué presumirle a mi madre!

Ivan, que era tan devoto como Ilma, corrió hacia el asiento del cochero con el rostro emocionado. Kevin, antes de seguirlo, abrió de par en par la puerta del carruaje para los dos.

Sin embargo, por alguna razón, Declan, en lugar de subir de un salto al carruaje, se quedó allí parado con una expresión desconocida en su rostro. Ante esto, Castiel, que se había subido primero al carruaje, inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Sacerdote?

—...Sí.

Con una respuesta tardía, Declan subió al carruaje. Cuando la puerta se cerró y el carruaje comenzó a moverse lentamente, Castiel se bajó el pañuelo de la cara y preguntó la razón.

—¿Por qué se quedó ahí parado de esa manera?

—Ah, no es nada especial. Solo que...

—¿...?

—Pensé que, tal vez, esta podría ser la última vez que viajamos juntos en este carruaje.

A diferencia del tono sereno, el contenido de sus palabras no lo era. Pero Castiel, en lugar de expresar tristeza, respondió con una sonrisa radiante.

—No es la última vez. Se lo prometí.

Ante las palabras inocentes de Castiel, Declan abrió mucho los ojos por un momento y luego bajó la mirada sutilmente mientras preguntaba.

—Conde, de verdad... ¿Tiene la intención de dar la cara por mí?

—Sí.

—¿Y no tiene ni un poco de miedo?

—Vaya, para sentir algo así, todavía no he hecho nada adecuadamente.

Castiel se encogió de hombros ligeramente con una sonrisa. Fue un movimiento que hizo para indicar que realmente no tenía reparos, pero, por el contrario, el semblante de Declan se oscureció aún más que antes.

—No creo que haya olvidado lo que le dije. Escuchó sobre lo cruel que el templo puede llegar a ser para arrinconar a las personas.

—¿Cómo podría olvidarlo? Incluso ahora, cuando lo recuerdo, me duele el corazón. Pero, por otro lado, creo que es una suerte haber conocido las malas acciones del templo. Si algo así vuelve a suceder después, ¿no cree que podré manejarlo con más flexibilidad?

Como si se hubiera quedado sin palabras ante la historia excesivamente optimista de Castiel, Declan cerró los labios formando una línea recta. Y Castiel, captando el significado de ese silencio, soltó una risita.

—Sacerdote, ¿está pensando ahora que estoy viendo todo con demasiada facilidad? Por eso vuelve a sacar el tema de lo que hablamos ayer.

—Eso es... sinceramente, así es. Lo siento.

—No se preocupe. Es natural que se vea así desde su posición, Sacerdote. Después de todo, yo nunca he experimentado el templo directamente. Pero, ¿sabe? En realidad, si hablamos de cosas que dan miedo, ¿no es el Príncipe Heredero igual de temible?

Castiel omitía deliberadamente el título de "Su Alteza" cada vez que se refería al Príncipe Heredero. Fue debido a que, desde el primer encuentro hasta el cara a cara de hoy, lo único que le había causado eran sensaciones desagradables.

Como si se hubiera dado cuenta de eso, Declan tampoco señaló esta expresión irreverente en ninguna ocasión. Incluso ahora era igual, a pesar de que él mismo usaba honoríficos de manera constante.

—Tiene razón, Conde. Su Alteza también es una persona muy temible.

—Ayer y hoy, no me acobarde ni un poco frente a una persona así. Usted mismo lo vio, así que debe saberlo.

Castiel levantó la barbilla, presumiendo abiertamente de sus acciones. Al ver esa imagen, una sonrisa inevitable se dibujó en la comisura de los labios de Declan.

—Así fue. Especialmente en la conversación inicial, parecía que incluso el Príncipe Heredero estaba desconcertado.

—Es que lo ataqué a propósito para que fuera así. Tan pronto como nos vimos, era obvio que intentaba avergonzarme con comentarios sexuales, así que me adelanté.

Ese rostro pálido ante la mención de la impotencia sexual fue bastante gratificante. Al ver a Castiel riéndose bajito al recordar ese momento, Declan murmuró en voz baja.

—Su apodo realmente no le queda.

—¿Perdón?

—El apodo de Conde Ermitaño. Mientras más lo trato, más siento que es un calificativo que no encaja en absoluto. Si exceptuamos el problema de su respiración.

—.......

Ante la repentina sospecha, que no era del todo sospecha, de Declan, el corazón de Castiel se hizo pequeño en un instante. Apenas ayer se había sentido aliviado pensando que ya no tenía de qué dudar, al haberse librado completamente de la infamia de ser "el Conde que reúne cadáveres".

Aunque ya no sospechara de Castiel, parecía que en el corazón de Declan aún quedaba una sensación de incongruencia. El marcado abismo que existía entre la personalidad del antiguo Castiel que conoció a través de su investigación pasada y el Castiel que tenía ahora ante sus ojos.

«Y eso es porque no tuve cuidado... ¿a quién más puedo culpar sino a mí mismo?».

En este momento, no debió ser una coincidencia que recordara el viejo refrán de “mirar de nuevo incluso el fuego apagado”. Al imaginar que Declan, aunque fuera en broma, soltara palabras sospechando de su identidad debido a un descuido, el corazón de Castiel se enfrió.

—¿En qué está pensando tanto?

—Ah, solo... yo también pienso que mi personalidad ha cambiado un poco, no, bastante en comparación con antes. ¿No será que todo esto es gracias a haberlo conocido a usted, Sacerdote? Ja, ja...

El único acontecimiento que podía dar como excusa para haber causado un gran cambio en su estado de ánimo era, al final, el encuentro con Declan. Afortunadamente, aunque fue una excusa presentada a toda prisa, Declan pareció quedar muy complacido con esas palabras, por lo que Castiel pudo aliviarse tardíamente.

Con una leve sonrisa, Castiel volvió a mencionar lo que iba a decir antes. Todavía le quedaba algo importante que pedirle a Declan.

—No es que vaya a hacer algo grandioso por usted, Sacerdote. Es solo que siento que me arrepentiría más tarde si no intento las cosas que puedo hacer; solo estoy siendo egoísta por mi cuenta.

—Aunque lo diga así, el hecho de que asume riesgos por mí no cambia. Por eso tengo el corazón pesado.

Al ver a Declan, cuyo semblante se oscureció de nuevo, el corazón de Castiel se empapó de una profunda lástima.

A través de los años, Declan debió haber aprendido el miedo hacia el templo de manera inconsciente. Tal como el antiguo Castiel desarrolló el miedo hacia muchas personas al sufrir los ataques de sus parientes violentos.

Siendo así, solo había una forma de consolarlo: negar de antemano el futuro que él temía. Por eso, Castiel le respondió riendo ligeramente a propósito.

—Ayer le prometí que si era peligroso, me detendría. Además, es una promesa que hice porque usted me la pidió, ¿acaso la ha olvidado?

—Eso... por supuesto que lo recuerdo.

—Entonces está bien. A menos que piense que soy una persona que no cumple sus promesas, guarde sus preocupaciones. Estaré a salvo de ahora en adelante.

—...Entiendo.

Con el deseo de dar por terminada esta conversación, Castiel cambió de tema hacia su destino.

—Seguramente habrá mucha gente en el Templo de Beskia, ¿verdad? ¿Incluso más que en Leutiple?

—Sí. La diferencia de escala es considerable. Todas las partes del templo siempre están concurridas. Sin embargo, nos moveremos por el pasillo exclusivo para sacerdotes hasta la habitación del Sumo Sacerdote, así que estará bien.

—Oh, qué bien. Gracias a usted, podré moverme sin ninguna preocupación, Sacerdote.

«El Templo de Beskia es el templo al que pertenezco, así que eso es natural».

Esas palabras llegaron hasta la punta de su lengua, pero Declan no las pronunció. Se sintió, de hecho, un poco feliz porque Castiel parecía reconocer su razón de ser.

—Uff...

Pero la sonrisa que estaba a punto de extenderse por los labios de Declan tuvo que desaparecer sin dejar rastro en un instante. Fue porque Castiel, que mientras tanto había abierto y cerrado ligeramente la cortina de la ventana del carruaje, comenzó a respirar con dificultad.

—Conde.

—Je, ver a la multitud por la ventana es, uff, todavía un poco difícil. Intenté hacer un poco de entrenamiento de adaptación... haa...

Tan pronto como vio una cantidad de personas varias veces mayor que la del centro del Condado de Avon, sintió que literalmente se quedaba sin aliento. Castiel cerró los ojos rápidamente e intentó concentrarse en respirar profundamente, pero la imagen residual de la multitud permanecía y lo estorbaba. Había hecho eso con la esperanza de que, tras haber conocido a varias personas desconocidas, tal vez ya hubiera mejorado un poco. Pero parecía que todavía era demasiado pedir.

Fue entonces. Declan, que estaba sentado frente a Castiel, se levantó de repente y se sentó a su lado. Luego, sacó la bolsa de aromas que tenía en su bolsillo interior y se la puso en la mano a Castiel.

—Tenga, el saquito aromatizante.

—Fuu... gracias.

Al hundir la nariz en el saquito aromatizante a toda prisa, respirar se volvió mucho más fácil. Junto con esto, la mente de Castiel, que se había detenido a la par de su respiración, comenzó a funcionar de nuevo.

«Dado que el efecto de las hierbas no sería tan inmediato en la realidad, es correcto que estos síntomas de pánico tienen una base principalmente psicológica...».

En otras palabras, significaba que su estado podría mejorar si repetía el entrenamiento.

Mientras Castiel recuperaba el aliento con esfuerzo junto con ese pensamiento esperanzador, Declan continuó protegiendo el asiento a su lado. Y de pronto, al darse cuenta de esto, una ambición nunca antes vista brotó en el corazón de Castiel. Era un deseo oscuro sumamente personal.

—Esto...

Con una sílaba de vacilación, Castiel llevó su mano hacia un brazo de Declan. Como no se atrevía a tomar su mano, lo que sujetó en su lugar fue la parte de la manga que cubría la muñeca.

—¿Puedo quedarme así un momento? Creo que así, mmm, me sentiré bien más rápido.

—Sujétese con comodidad.

Afortunadamente, Declan no pareció notar en absoluto las oscuras intenciones de Castiel. Al contrario, relajó la fuerza y hasta pegó más su brazo al cuerpo de Castiel.

En ese proceso, mientras ajustaba su agarre en la manga, Castiel deslizó sin querer sus dedos hacia el interior de la misma. Inevitablemente, en el momento en que rozó la muñeca de Declan, ambos se estremecieron al mismo tiempo. Sin embargo, ninguno de los dos llegó a decir nada sobre ese breve contacto.

Para no mostrar lo tenso que estaba, Castiel sacó el tema de otra cosa que había quedado enganchada en la punta de sus dedos.

—L-la pulsera es más bonita mientras más la miro.

—Ah.

Ante esas palabras, Declan bajó la mirada mientras levantaba las comisuras de los labios. Y respondió con el tono más juguetón de todo el día.

—Parece que el color azul me queda especialmente bien.

—Yo solo estaba elogiando la pulsera... sí, bueno. Es libertad del Sacerdote pensar así.

Cuando Castiel reaccionó fingiendo desgana para seguirle la broma, Declan soltó una risita. Y bajando aún más la voz, recitó en voz baja.

—Antes no lo sabía, pero mientras más veo el azul, más bonito me parece.

—¿Eso... Es verdad?

—Por supuesto, desde la primera vez que lo vi pensé que era hermoso, pero es asombroso que cada vez que lo miro, lejos de cansarme, capta más mi atención.

«¿Está hablando del color azul o está hablando de la joya...?». 

Castiel ladeó la cabeza y respondió mezclando ambas cosas en una sola.

—Si le gusta tanto, la próxima vez le regalaré un adorno azul más bonito.

—No, ahora es mi turno de hacer un regalo. ¿Hay algo que desee?

Ante las palabras de Declan, los ojos de Castiel brillaron por un instante. Fue porque no quería perder esta oportunidad.

—Hay una cosa que me gustaría recibir del Sacerdote.

—¿Qué es?

—La pulsera que me mostró antes. La pulsera que llevaba en el campo de batalla, ¿no me la puede dar?

Tras poner una cara de sorpresa por la inesperada petición solo por un breve momento, Declan movió el brazo que Castiel sujetaba y agarró la muñeca de este. Y, como si imaginara cómo se vería la pulsera puesta, recorrió la parte interior de la muñeca con el pulgar mientras inclinaba la cabeza.

—Hace poco, ¿no dijo que los adornos en las manos eran incómodos?

Tanto la voz como el toque de Declan eran sumamente pausados. Mientras que Castiel, desde el momento en que él tocó su muñeca, tenía todo el cuerpo rígido.

«La diferencia de temperatura, de verdad... qué triste es el amor no correspondido, qué triste».

A diferencia de su corazón dolido, Castiel mostró una leve sonrisa fingiendo no estar nervioso. También decoró su voz lo más animada posible.

—No es que vaya a andar con esa pulsera puesta, sino que quiero poseerla.

—¿Una pulsera que no tiene joyas y que solo está vieja? No tiene el más mínimo valor.

—¿Qué está diciendo? Ahí dice Declan Prowes.

Castiel añadió con una expresión exageradamente frustrada.

—Usted sabe que es muy popular. Tal vez en el futuro se convierta en un tesoro nacional. Hasta entonces, la conservaré bien como un tesoro familiar, así que démela.

—Qué... aunque no creo que eso pase...

A medida que sus palabras se acumulaban, la calma que se veía en la actitud de Declan se evaporó rápidamente. Especialmente cuando salió la palabra "tesoro nacional", la punta de sus dedos, que trazaba sobre la muñeca, llegó a fallar.

—Ah, es cierto. Si es un objeto con un gran significado para el Sacerdote, por supuesto que no tiene que dármelo.

Castiel, dándose cuenta al instante, añadió apresuradamente un margen para que la otra parte pudiera negarse. No quería que, por un descuido, Declan terminara entregando un objeto preciado a la fuerza por no poder vencer la terquedad de Castiel y luego terminará guardándole rencor de por vida.

Afortunadamente, Declan negó con la cabeza.

—No, si es algo que el Conde desea, puedo darle lo que sea. Aunque sigo teniendo la duda de si eso realmente servirá como regalo...

Eso de poder darle todo lo que quisiera era una declaración sumamente peligrosa. Castiel, reprimiendo el impulso de gritar “¡Entonces déme al Sacerdote!”, retiró sigilosamente lo suyo de la mano de Declan. Y extendió ambas palmas educadamente ante sus ojos con una sonrisa radiante.

—Entonces déme esa pulsera.

—...Está bien.

El equipaje de Declan estaba debajo del asiento de enfrente, donde él había estado sentado hasta hace poco. Declan, inclinándose hacia adelante para sacar el bolso, metió la mano dentro y revolvió un par de veces, encontrando pronto la pulsera.

—¡Vaya, gracias!

Por si el corazón de Declan cambiaba de parecer en ese tiempo, Castiel cerró el puño con fuerza tan pronto como la pulsera fue colocada sobre su palma. Declan dejó escapar una risa como si se le escapara el aire ante esa acción infantil, pero aun así estaba bien.

La pulsera que le había llamado la atención desde la primera vez que la vio ya estaba en sus manos. Castiel simplemente estaba feliz.

—¿Realmente eso...?

—Le dije que la quería. Ahora es mía, así que no puede pedir que se la devuelva. No creo que alguien como el Sacerdote haga algo tan mezquino como dar algo y luego quitarlo, ¿verdad?

—...No lo hago.

La respiración de Castiel, que había recuperado la calma hacía tiempo, no tuvo problemas incluso cuando el carruaje llegó al Templo de Beskia. Justo antes de bajar, cubriéndose la boca con el pañuelo, Castiel dijo en tono de broma:

—Entonces, ¿vamos a conocer al próximo villano?

—...Baje con cuidado.

Ante la expresión que criticaba abiertamente a su jefe, Declan no pudo ofrecer ninguna reacción. Solo negó con la cabeza una vez y bajó primero del carruaje para asistir a Castiel en su descenso.

Tras hacer un breve gesto visual a Ivan y Kevin, Declan guió a Castiel hacia un callejón estrecho cercano. Tal como prometió, esta vez también lo hizo manteniendo el hombro de Castiel abrazado estrechamente.

«Ahora que no hay nadie mirando... ¿no podríamos ir simplemente en fila?».

Saboreando esa duda que no tenía intención de expresar en voz alta, Castiel caminó con esfuerzo ajustando el paso con Declan.

Cuando habían caminado unos treinta pasos, apareció ante sus ojos una puerta que casi no se distinguía de la pared. Si Declan no hubiera metido la mano en el espacio que se veía entre los ladrillos para tirar, Castiel no se habría dado cuenta de que eso era una puerta hasta el final.

Más allá de la puerta había un pasillo largo con lámparas de queroseno colgadas esporádicamente en ambos lados de la pared. Declan, que metió el cuerpo primero, explicó sobre el espacio.

—Este pasillo es un camino conectado con el edificio que usa el Sumo Sacerdote. Un poco más adentro, aparecerán los sacerdotes que montan guardia.

—Ya veo. Sé que es un pasillo exclusivo por el que pasan los sacerdotes porque usted me lo dijo, pero se siente mucho más secreto de lo que pensaba.

Castiel, dejándose llevar por la mano de la otra parte que sujetaba su hombro, recitó sus impresiones en voz baja. Declan, tras una ligera vacilación, añadió con una voz aún más baja.

—En realidad, más que para los sacerdotes, es un pasillo para las personas de alto rango que desean encontrarse en secreto con el Sumo Sacerdote.

—¿Ah? Ya veo, ahora que lo escucho, parece encajar más con ese ambiente...

La boca de Castiel, que soltaba la respuesta mientras miraba alrededor, se cerró de golpe en un instante. Fue porque se divisó una silueta a lo lejos.

—Saben que vendríamos, así que no nos hablarán aparte.

—Sí.

Tal como dijo Declan, los sacerdotes guardaron silencio incluso después de verlos. Aunque sí los miraron con ojos llenos de curiosidad.

El único sacerdote que fingió conocer a ambos fue el Sacerdote que custodiaba la puerta de la habitación del Sumo Sacerdote. Parecía tener diez años más que Declan.

—Cuánto tiempo, Sacerdote Declan.

—¿Cómo ha estado en este tiempo, Gran Sacerdote Kelluger? He venido a ver al Sumo Sacerdote Somerville.

—Los está esperando. Pasen por favor. Y... bienvenido también, Conde de Avon.

Castiel, sorprendido una vez por el hecho de que le hablara y otra vez por el hecho de que supiera quién era, miró a Kelluger con los ojos muy abiertos. Entonces Kelluger se presentó con una sonrisa apenada.

—Soy Kelluger, quien desempeña el cargo de Gran Sacerdote. También soy uno de los sacerdotes que recibió al Conde frente al palacio imperial.

Exceptuando a Declan, era el primer personaje con una buena impresión inicial entre los sacerdotes que Castiel había conocido. Pensando que tal vez Kelluger podría ser de ayuda para sacar a Declan del templo, Castiel superpuso una sonrisa amable sobre sus ojos junto con un saludo.

—Ah, ya veo. Me alegra volver a verlo.

—Para mí es un honor. No debemos hacer esperar más al Sumo Sacerdote, así que por ahora, entren por favor. Espero que tengamos la oportunidad de conversar de nuevo más adelante.

¿Acaso Kelluger también vio a Castiel con buenos ojos? No parecía que sus palabras sobre querer conversar de nuevo fueran una simple cortesía. Ante esto, Castiel asintió y, empujado por el toque de Declan, entró en el espacio del Sumo Sacerdote.

—Oh, no está.

—Saldrá pronto. Sentémonos aquí a esperar.

El lugar al que entraron era, para su sorpresa, una sala de recepción en lugar de un despacho. En medio de un espacio amplio, casi del tamaño de la sala de recepción del Condado de Avon, se alzaba firme una gran mesa que parecía antigua. Castiel se sentó en la silla que Declan le acercó.

Golpeando con la punta del pie la alfombra gruesa, capaz de absorber incluso el impacto de un gran salto, giró la cabeza de un lado a otro. Todos los muebles, incluida la mesa frente a él, tenían una apariencia sencilla y sin decoraciones llamativas, pero pronto se hizo evidente que aquello era un engaño visual.

Cada vez que la luz del sol se filtraba a través de las finas cortinas e iluminaba la habitación, destellaban complejos patrones grabados finamente en oro. No era solo eso. Las paredes de un gris claro y apagado también presumían, como una vía láctea, de un polvo de perlas aplicado en una capa tan fina que parecía ocultarse hasta que el sol la tocaba.

«¿Será que el valor que persigue el templo es la dualidad?».

Declan, al notar la mirada malhumorada de Castiel, tragó saliva con una sonrisa amarga. Era porque podía adivinar sus pensamientos y se sentía abrumado, mientras que al mismo tiempo, los labios que seguramente estarían haciendo un puchero bajo el pañuelo se materializaban ante sus ojos.

Así, justo cuando Declan estaba a punto de llevar su mano hacia el pañuelo sin darse cuenta, se abrió la puerta situada al lado opuesto por donde habían entrado y apareció el Sumo Sacerdote Somerville.

Él, con esa sonrisa benevolente de siempre, caminó a grandes zancadas hacia Castiel y le habló.

—Veo que lo ha hecho muy bien.

Era un tono de voz que parecía evaluar el trabajo de un subordinado. Castiel, sintiéndose ligeramente ofendido por esto, se limitó a asentir con la cabeza con desgana en lugar de abrir la boca.

Tal vez leyendo el descontento en su reacción, Somerville añadió palabras con una sonrisa aún más marcada.

—Vaya, con la alegría de haber conocido a un médico tan talentoso, olvidé incluso darle la bienvenida y saqué el tema de repente. Espero sinceramente que la bendición de Dios acompañe al Conde.

Dejando que las palabras que fluían de entre los arrugados labios de Somerville entrarán por un oído y salieran por el otro, Castiel respondió con una sola frase por compromiso.

—Gracias.

—Jaja, es muy difícil escuchar la voz del Conde. Ah, ¿traigo un té primero?

A este paso, la situación seguiría siendo más parecida a un monólogo de Somerville que a una conversación. Declan, preocupado por esto y aun sabiendo que era una falta de respeto, intervino en el diálogo entre ambos.

—El té está bien. ¿No ha escuchado nada aparte sobre el estado de Su Majestad?

—Oh, Sacerdote Declan. Usted también ha trabajado duro.

Somerville abrió los ojos como si se hubiera percatado de la existencia de Declan solo después de que este hablara. Castiel chasqueó la lengua para sus adentros ante esa actitud de "ignorar abiertamente a Declan", que no era en nada diferente a la del Sumo Sacerdote Philus del Templo de Leutiple.

—Era mi deber. Entonces, Su Majestad...

—Precisamente acaba de llegar una nueva noticia del palacio imperial hace un momento. Dicen que abrió los ojos brevemente después de que ustedes se marcharan y que ahora ha conciliado el sueño.

Mientras respondía a la pregunta de Declan, la mirada de Somerville se dirigió naturalmente de nuevo hacia Castiel. Era una mirada en la que se sentía un favor desagradable, muy diferente a la mirada indiferente que dirigía a Declan hasta hace un instante. Sintiendo un escalofrío repentino, Castiel se frotó el brazo en silencio.

—Es una suerte. Gracias por informarnos.

Como si la frialdad fuera su rutina, Declan le dio las gracias a Somerville, quien ni siquiera lo miraba. Castiel, sintiendo una punzada de indignación y al mismo tiempo recordando su nuevo objetivo, abrió la boca.

—Sumo Sacerdote.

Dado que este tipo parece querer llevarse bien con él, por ahora será mejor seguirle el juego. Castiel, con un juicio rápido, añadió más palabras.

—Gracias por confiar en mí y encargarme un asunto tan importante.

—Ah, no es nada. Con el único deseo de ayudar a Su Majestad, por mi parte, fue un desafío en el que puse mi vida en juego... pero como usted ha dado un resultado tan bueno, es como si yo le debiera la vida al Conde. Jaja.

Somerville, con su rostro flexible, enfatizó su propio mérito mientras fingía elogiar a Castiel. Al hacerlo, el hecho de omitir por completo la historia de Declan, quien sirvió como intermediario, era sumamente irritante, pero tenía que aguantar por el momento. Esto era porque solo continuando la conversación y descubriendo por qué Somerville era favorable hacia él, podría planear su siguiente estrategia.

«...Aun así, no puedo dejar pasar esto sin hablar de mi Sacerdote en absoluto».

Castiel incluyó a Declan en la charla con la mayor naturalidad posible.

—Me halaga demasiado. Es usted tan amable como me dijo el Sacerdote Declan. Durante todo el tiempo que estuvimos juntos, me habló a menudo de lo buena persona que es el Sacerdote Somerville.

Sin embargo, para desgracia de los esfuerzos de Castiel, Somerville volvió a excluir abiertamente a Declan e incluso llegó al punto de buscarle faltas.

—Jaja, ¿es así? Ahora que lo veo, nuestro Conde solo es un poco tímido al principio, pero no parece que le cuesten tanto las personas. Es marcadamente diferente a los informes del Sacerdote Declan.

Ante esto, Castiel pospuso su respuesta por un momento y se esforzó por adivinar las intenciones de Somerville. El hecho de que no fuera una vez, sino que durante toda la conversación ignorara a Declan y ni siquiera intentara ocultar esa actitud...

Tal vez Somerville estaba enviando un mensaje explícito a Castiel. Uno que sugería que, dejando fuera a Declan, Somerville y Castiel se comunicarán directamente entre ellos.

«Si mi pensamiento es correcto, habrá unas dos razones. Porque quiere repartirse conmigo el mérito de haber salvado la vida del Emperador. Y para mantenerme, parezco bastante útil, como un contacto directo para él».

De repente, la conversación entre el Príncipe Heredero y Declan vino a la mente de Castiel. Fue ayer, en el dormitorio del Emperador.

【—No ignorarás que la noticia del accidente de Su Majestad es un secreto de Estado. ¿Es seguro que es alguien de confianza?.

—También fue verificado en el Templo de Beskia.

—Estos están jugando a dos bandos abiertamente.... 】

Ahora podía estar seguro de que la persona que estaba "jugando a dos bandos" era el dueño del Templo de Beskia, Somerville. La mente de Castiel trabajó aún más rápido.

Los objetivos del juego eran el Emperador y el Príncipe Heredero. Es decir, el poder actual y el poder futuro. El hecho de que esos dos poderes estuvieran en puntos opuestos a pesar de su relación de parentesco era un poco sorprendente, pero no era algo de lo que debiera preocuparse ahora.

Castiel, habiendo organizado sus pensamientos a toda prisa, abrió la boca con una sonrisa tímida en los ojos. Necesitaba una historia que estimulara el deseo de gloria de Somerville.

Pero antes, terminaría de ponerse del lado de Declan.

—Si parece que no tengo inconvenientes para conversar con el Sumo Sacerdote, es enteramente gracias al Sacerdote Declan. Mientras estuvimos juntos, me recuperé mucho gracias a las oraciones del Sacerdote.

—Ah. Sí.

No había forma de que el hecho de que Castiel defendiera a Declan fuera del agrado de Somerville. A diferencia de cómo había alargado sus palabras hasta ahora, él respondió con ligereza y se limitó a sonreír de forma borrosa.

Se sintió disgustado de nuevo ante esa imagen, pero Castiel lo soportó y lo dejó pasar. El hecho de que Declan, a su lado, riera como si aclarara su garganta fue de gran ayuda para reprimir su ira.

—Aun así, como pensaba, creo que la decisión audaz del Sumo Sacerdote es precisamente lo que más debería ser aplaudido en este asunto.

—Jaja, gracias por reconocerlo.

—¿Qué sentido tiene que yo lo sepa? Su Majestad también debe saber esa parte sin falta. Si tuviera la oportunidad de una audiencia, me gustaría decírselo yo mismo.

Ante las palabras de Castiel, que hablaba con toda la seriedad del mundo, Somerville hizo un gesto de negación con la mano, aunque no pudo ocultar su rostro sonriente. Era obvio que estaba feliz de que Castiel dijera directamente lo que a él le resultaba incómodo sacar de su propia boca.

Hasta hace un momento pensaba que era imposible, pero incluso llegó a preguntarse si realmente era cierto que Declan se había desvivido en elogios hacia él ante el Conde. Por eso este Conde excéntrico habría cambiado su actitud hosca del principio como quien da la vuelta a la mano, enviándole miradas de admiración como si fuera un niño.

Justo cuando Somerville, sintiéndose de buen humor, estaba por dirigirle la palabra a Declan como si fuera una limosna, Castiel, quien lo había estado elevando hasta el cielo, de repente emitió una voz melancólica.

—Sin embargo, parece que Su Alteza el Príncipe Heredero tiene un pensamiento diferente al mío. Acabo de verlo, y parecía seguir pensando con sospecha sobre el hecho de que yo cuidara de Su Majestad.

—Vaya, así que fue eso. Mmm, ¿Su Alteza también dijo algo sobre mí?

—No mencionó directamente al Sacerdote, pero señaló fuertemente si la decisión del templo había sido la correcta. Aun así, el Sacerdote Declan habló tan bien que pensé que todo pasaría sin problemas, pero...

—¿Pero qué?

Somerville, poniéndose ansioso de repente, volvió a preguntar con urgencia y voz baja. Era cierto que había convocado a Castiel sin informar al Príncipe Heredero para que no hubiera interferencias... pero, al menos en este asunto, el Príncipe Heredero no tenía derecho a expresar descontento por la decisión unilateral de Somerville.

Después de todo, el principal culpable que causó el accidente del carruaje del Emperador era, en realidad, el Príncipe Heredero. Además, el Príncipe Heredero era consciente de que Somerville sabía ese hecho.

«Como no puede decirme nada directamente a mí, se desquitó con los que son fáciles de manejar».

Especialmente si se trataba de Declan Prowes, ¿no era acaso quien había estado acumulando la irritación del Príncipe Heredero todo este tiempo? Por lo tanto, para ese propósito, sería el más indicado. Considerando incluso su personalidad habitual, todas estas suposiciones eran sumamente lógicas.

Mientras tanto, Castiel respondió lentamente mientras observaba el semblante oscurecido de Somerville. Fingiendo estar asustado, hizo que su voz temblara débilmente a propósito.

—Me siguió mirando con ojos de desaprobación hasta que me despedí y salí de allí. Como usted sabe, tengo una personalidad muy, muy débil de corazón, por lo que el miedo no se me ha quitado en absoluto desde entonces hasta ahora.

—Ah... vaya. El templo también conoce el problema del Conde. Me gustaría que hubiera una forma en la que yo pudiera ayudar. Ah, si surge la ocasión de encontrarme con Su Alteza el Príncipe Heredero la próxima vez, en lugar del Sacerdote Declan, seré yo...

Afortunadamente, la respuesta de Castiel no fue la gran cosa. Aliviado, Somerville se dispuso a aferrarse a la ansiedad del Conde como si fuera una oportunidad para entablar un vínculo con él.

Sin saber, claro, que quien realmente había atrapado la oportunidad era Castiel. Él, con las manos entrelazadas, habló con una voz sumamente suplicante.

—No, la ayuda que deseo es la que necesito ahora mismo. Todavía, con solo recordar... los ojos de ese hombre... el aliento, ju...

—¡Conde!

Declan, alarmado, sacó de inmediato una bolsa de aromas de repuesto, la acercó a su rostro y lo rodeó con el brazo dándole palmaditas en el hombro. Lo consoló varias veces diciéndole que estaba bien y que no pasaría nada.

Hasta ese momento, Declan había estado observando de cerca la actitud de Castiel hacia Somerville, dudando de sus intenciones, pero en el instante en que escuchó su respiración agitada, todos esos pensamientos se dispersaron. En la mirada con la que observaba a Castiel solo había preocupación.

Por otro lado, Somerville, que también se había sobresaltado, sudó frío al ver a Castiel recuperar la estabilidad gracias a los cuidados de Declan. Fue una suerte inmensa que no se desmayara antes de poder sacarle provecho, y que un incidente tan desagradable no ocurriera en su templo.

Somerville se limpió con el dorso de la mano el sudor que brotaba de su coronilla carente de un solo cabello y volvió a hablar. De cualquier forma, ahora tenía que concederle al Conde lo que quería de inmediato para que pudiera existir un “después” con él.

—Dígame pronto qué ayuda necesita el Conde en este momento. El Templo de Beskia, y yo, Somerville, tenemos la obligación de darle un trato a la altura de su mérito en esta ocasión.

Castiel, que había esperado este momento, soltó la respuesta sin vacilar tras escuchar las palabras de Somerville.

—Entonces, por favor, présteme al Sacerdote Declan. Deseo que el Sacerdote me lleve de regreso al Condado de Avon de forma segura.

Los ojos de Somerville se abrieron de par en par ante la inesperada petición. Al ver esa reacción, Castiel añadió una frase más.

—Es porque tengo mucho miedo de que algo pueda ocurrir en el camino de vuelta al Condado de Avon.

Somerville, captando el trasfondo de las palabras de Castiel, las usó como pretexto para intentar negarse.

—Lo que dice el Conde suena como si temiera que Su Alteza el Príncipe Heredero pudiera hacerle algún daño. Pero sospechar así de Su Alteza sin fundamentos es...

—No es sospecha, uff, es miedo hacia una entidad invisible. Yo, uff, nací con mucha más ansiedad que los demás. ¿No lo sabe ya?

—Eso es cierto, pero...

Somerville volvió a sentirse en un aprieto. Durante el mes que Declan estuvo ausente, Somerville también había sentido profundamente su necesidad.

Incluso cuando envió a Declan por primera vez al Condado de Avon, el sentimiento de Somerville era el opuesto. Su verdadero objetivo era separar físicamente a Declan de los fieles que lo buscaban día y noche para disminuir su presencia. Le resultaba muy molesto que Declan, siendo aún tan joven, fuera mencionado en secreto como el próximo Sumo Sacerdote.

Sin embargo, una vez que Declan no estuvo, el que lo pasó mal fue el propio Somerville. Especialmente, lidiar con los caprichos del Príncipe Heredero, que tenía un temperamento terrible, no era tarea fácil. Normalmente, Declan debería haber servido de escudo mientras él se limitaba a observar la escena con calma desde atrás.

«Incluso hoy, ¡qué suerte fue que no me llamara a mí para interrogarme...!».

Si Declan se ausentaba de nuevo, el Príncipe Heredero sería responsabilidad exclusiva de Somerville. Los otros Grandes Sacerdotes no tenían la capacidad de soportar su carácter como Declan o él mismo. Además, parecía seguro que el Emperador se recuperaría, por lo que era evidente que la irritabilidad del Príncipe Heredero llegaría al extremo...

Castiel, que observaba cómo se profundizaba la duda de Somerville, apresuró la respuesta.

—El Sumo Sacerdote también lo vio hace un momento. Cómo recuperé la calma rápidamente porque el Sacerdote Declan estaba conmigo.

—Así es. Pero...

Considerando la utilidad de Castiel, era necesario al menos fingir que lo ayudaba por ahora. Somerville codiciaba sinceramente su habilidad médica.

El Emperador del Imperio, por quien Somerville se había esforzado tanto en mantener una relación amistosa desde hacía mucho tiempo, seguramente se debilitaría algún día. Aunque ahora mostraba signos de recuperación, era un hecho que había quedado gravemente herido por el accidente. Sin embargo, dado que el Emperador no era muy anciano y era alguien con una ambición de poder extremadamente fuerte, se podía prever que no caería fácilmente.

Entonces, ¿qué pasaba con el Príncipe Heredero, el próximo sucesor? Al punto de causar un accidente de carruaje con el propósito de asesinar a su padre, el Príncipe Heredero era alguien que no se quedaba atrás en cuanto a codicia. Este incidente sirvió para confirmar de nuevo su naturaleza sin sangre ni lágrimas.

Pero, a ojos de Somerville, el Príncipe Heredero aún no estaba listo para tomar el poder absoluto. Se debía a que el Emperador lo había mantenido bajo un control bastante estricto hasta ahora. Por lo tanto, seguía pareciendo poco probable que el Príncipe Heredero desplazará al Emperador y heredará el trono en los próximos años.

«Además, si el propio Emperador llega a enterarse de quién estuvo detrás del accidente del carruaje es el Príncipe Heredero, estará acabado de inmediato. El Príncipe Heredero alardeó de no haber dejado pruebas, pero es difícil creer al pie de la letra lo que dijo estando borracho...».

En esta situación, ¿cuándo debería cambiar de bando? Somerville vigilaba a ambas partes esperando el momento adecuado.

Hasta que llegara ese instante en que la fuerza del Emperador se apagara y el poder se trasladara gradualmente al Príncipe Heredero, mientras él aún estaba del lado del Emperador, Somerville necesitaba a Castiel como su “as bajo la manga”. En caso de que el Príncipe Heredero intentara dañar al Emperador de nuevo o si la salud del Emperador empeorara repentinamente. En esos momentos, nada sería tan útil como la capacidad curativa de Castiel. Además, podría ser un cebo adecuado para manipular a otros nobles.

Incluso cuando Declan mencionó en su informe que la capacidad de tratamiento de Castiel era tan sobresaliente que no se diferenciaba del “poder sagrado”, pensó que era una exageración. Pero al ver los resultados reales, comprobó que no había ni una pizca de mentira en esas palabras. ¿Acaso no logró él lo que ni siquiera los grandes médicos del palacio pudieron resolver?

Si se trataba de una habilidad al mismo nivel que el poder sagrado, era apropiado que el templo la tuviera bajo su control. Tal como “en su momento” puso a numerosos nobles de su lado con el poder sagrado de Declan, lo haría de nuevo esta vez. Ese era el cálculo de Somerville.

Tras terminar una reflexión bastante larga, Somerville se puso la máscara de la sonrisa benevolente. Luego, mirando a Declan, abrió la boca.

—Está bien. Entonces, Sacerdote Declan, acompañe bien al Conde de regreso. Y regrese lo más pronto posible. En nuestro templo también hay muchísimas cosas que el Sacerdote debe hacer.

—Sí.

Declan asintió escuchando sus instrucciones sin decir nada más. Solo después de que Somerville añadiera unas cuantas palabras innecesarias más, los dos pudieron abandonar su sala de recepción.

Comentarios

Caelum Space