NVL,VA- Capítulo 11.
VOLUMEN 3.
Capítulo 11.
El cielo estaba muy nublado, como si fuera a nevar en cualquier momento. Tras mirar al cielo con inquietud por un instante, Ilma le advirtió repetidamente a Ivan, quien acariciaba la melena del caballo.
—Cuida bien del señor y no cometas errores. ¿Entiendes lo que digo?
—Lo sé, lo sé... Ugh, estoy muy preocupado. ¿No puede ir usted, madre? ¿Cómo voy a asistir al Conde hasta la capital...?
Normalmente, en conversaciones relacionadas con asuntos oficiales y consciente de las miradas ajenas, Ivan la llamaba “ama de llaves” en lugar de madre, pero ahora no tenía tiempo para preocuparse por tales errores. El momento de partir hacia la capital estaba a la vuelta de la esquina y un inmenso nerviosismo lo invadía como una ola.
—Ha, si eso fuera posible, yo misma lo habría hecho. Pero si el señor decidió llevarte a ti, Ivan, debe haber una razón... Por favor, ve y hazlo bien.
Ilma sonrió con rostro preocupado y palmeó afectuosamente el hombro de su hijo. Sus palabras sobre querer acompañar a Castiel Avon a la capital en lugar de Ivan eran sinceras. Como conocía bien a Castiel, Ilma estaba tan preocupada por el estado psicológico de su señor como lo estaba por su hijo.
Sin embargo, ella era la ama de llaves del Condado de Avon y, por lo tanto, tenía la responsabilidad de proteger este lugar mientras el dueño estaba fuera. Al no ignorar este hecho, Castiel también había decidido dejar a Ilma en la mansión del conde, tragándo su pesar.
Ilma apartó la mirada de su hijo, que estaba al borde de las lágrimas, y caminó hacia Kevin, que estaba organizando el interior del carruaje en la parte trasera. También le dio una ligera palmada en la espalda a modo de ánimo y le hizo una petición sugerente.
—Kevin, te encargo mucho al señor y a nuestro Ivan.
A diferencia de Ivan, Kevin mostró sus dientes blancos con una amplia sonrisa. En su rostro solo había una clara emoción, nada más.
—¡No se preocupe, ama de llaves! Yo cuidaré bien de Ivan. Además, el Sacerdote estará pegado al lado de nuestro señor, así que no tiene de qué preocuparse más.
—Eso... tienes razón.
Ilma estuvo de acuerdo con las palabras de Kevin y solo entonces sonrió con el rostro relajado. Luego levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia el dormitorio del dueño de esta mansión, en el tercer piso.
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En ese dormitorio, los regaños unilaterales continuaban desde hacía diez minutos. La razón era que, mientras Castiel Avon empacaba sus cosas, Declan Prowes no dejaba de darle consejos.
—Debería llevar más pañuelos. ¿No tiene unos que sean más gruesos?
—Si son más gruesos, creo que me costará más respirar...
—¿Y las túnicas? ¿Están todas con capucha?
—Así es. Tres prendas serán suficientes, ¿verdad?
—Por si acaso, lleve una más. Un momento, ¿esa ropa no es demasiado delgada?
Ante las continuas observaciones de Declan, la mano de Castiel, que sostenía la ropa, se apretó con fuerza. Desde hacía un rato, Declan estaba pegado a su lado soltando lo que parecía un sermón tras otro, y eso le molestaba un poco. Independientemente de que agradeciera su interés, el contenido se sentía totalmente como una sobreprotección.
—Tengo entendido que la capital es más cálida que el territorio de Avon.
—Allí las noches de invierno también son frías.
—De todos modos, entraré al Palacio Imperial en pleno día. No hay razón para andar fuera de noche... Además, ¿sabe? No soy tan débil de cuerpo.
Castiel mencionó esto último mientras enderezaba los hombros a propósito. Comparado con Declan, su complexión parecía pequeña, pero él también medía casi 180 cm, superando, por poco, el promedio de este mundo. Además, gracias al ejercicio que realizaba sin falta cada mañana, su cuerpo ya no era solo delgado, sino que se había transformado en una figura bastante firme.
Sin embargo, a los ojos de Declan, incluso eso parecía resultar gracioso. Tras dejar escapar una risa breve como el viento entre sus labios, señaló con la barbilla hacia su propio equipaje, que estaba en un rincón.
—No lo sé. Sigo pensando que sería bueno poder llevarlo escondido en algún lugar.
—¿Es una broma? ¿Cómo voy a entrar en ese maletín? Creo que su preocupación es excesiva en muchos sentidos.
—No dije que fuera a meterlo ahí dentro. Y como en la capital hay mucha más gente que aquí, es inevitable que me preocupe.
—.......
Ya fuera sobreprotección o una preocupación infundada, todos los regaños de Declan Prowes nacían, al fin y al cabo, de su inquietud por Castiel. Al darse cuenta de ese hecho una vez más, fue inevitable que sus mejillas se encendieran. Castiel se frotó la mejilla con timidez como para ocultar su rostro enrojecido y murmuró dándole la espalda a Declan.
—Si tanto le preocupa, quédese pegado a mi lado incondicionalmente mientras estemos en la capital. Sin dejarme de lado porque esté ocupado.
—Eso no sucederá. A menos que sea al revés.
—¿Al revés? Yo tampoco haré eso jamás.
Ante la afirmación de Declan, que le pareció injusta con solo escucharla, Castiel giró la cabeza bruscamente para refutarlo. Entonces, como si hubiera estado esperando esa mirada, Declan le mostró una suave sonrisa.
—Entonces está bien. Como ambos estaremos pegados al otro pase lo que pase, consideraré que no hay de qué preocuparse.
Acto seguido, le tendió la mano a Castiel, quien lo miraba con rostro aturdido, hechizado por su sonrisa.
—... ¿Quiere decir que nos demos la mano?
—Sí. En el sentido de que cuento con usted en este viaje.
—Entonces... yo también cuento con usted.
Castiel tomó esa mano con vacilación. En cuanto el calor corporal se transmitió al dorso de su mano, fue inevitable que recordara lo sucedido ayer en el despacho.
«Justo antes de que Ivan trajera la carta del templo, en aquel momento, él tocó mi cuello con una mano más caliente que esta...».
Y le pareció que incluso sus rostros se habían acercado...
Sin embargo, como Declan guardó silencio sobre todos esos contactos inesperados como si nada hubiera pasado, Castiel llegó al punto de confundirse sobre si realmente sucedió o si fue una ilusión creada por su propia mente. Por eso, al final, no pudo preguntarle a Declan por el significado de aquello.
Sin conocer los complejos pensamientos de Castiel, Declan jugueteaba abiertamente con la mano blanca que sostenía. Como si quisiera recordar cada detalle de la forma de la mano con las yemas de sus dedos, de manera muy pausada y persistente.
Era el momento en que el corazón de Castiel volvía a confundirse por ese toque que le producía hormigueo. Junto con unos suaves golpes en la puerta, se escuchó la voz de Ilma.
—Amo, Sacerdote. El carruaje está listo.
—¡Ya, ya mismo bajamos!
Castiel, sorprendido por sí solo, gritó mientras retiraba apresuradamente su mano de la de Declan. A pesar de no haber hecho nada malo, sentía como si lo hubieran atrapado haciendo algo que no debía ser descubierto.
Declan miró primero a Castiel y luego a su propia mano, que había sido soltada repentinamente. Poco después, bajó la cabeza y se rió entre dientes. Porque Castiel, quien parecía haberse dado cuenta de sus oscuras intenciones y a la vez no, le resultaba... tierno.
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Suponiendo que viajaran sin descanso, el trayecto desde la mansión del conde hasta la capital tardaría aproximadamente ocho horas. Sin embargo, preocupado por el frío y el cansancio que sentirían quienes iban en el volante, el grupo de Castiel decidió pasar una noche en un alojamiento a mitad del camino.
Ivan y Kevin se sentaron en el volante, mientras que Castiel y Declan ocuparon el interior del carruaje. Finalmente, el carruaje partió y Castiel, con una voz que no ocultaba una mezcla de preocupación y emoción, formuló una pregunta. Había una historia que no pudo escuchar bien de Declan ayer.
—¿Cómo es que Su Majestad se vio envuelto en un accidente de carruaje? ¿Ese contenido también estaba en la carta?
—De forma breve. Dicen que de camino de regreso al Palacio Imperial tras una salida que no fue informada al exterior, la rueda del carruaje cayó en un hoyo profundo. Se dice que había rastros de que el camino se había congelado y luego derretido.
—¿Qué tan profundo era el hoyo para que el carruaje llegara a volcarse por completo? En una situación normal, no habrían tenido que llamarme.
Castiel murmuró su duda en voz baja y apoyó la cabeza contra el respaldo del carruaje. Declan, frente a él, lo observó largamente y recitó en voz baja.
—Eso mismo digo yo. Quién diría que acabaríamos yendo juntos a la capital para tratar a Su Majestad... No sé si debería decir que esto es algo bueno.
—Oh, yo estaba teniendo el mismo dilema. Es bueno no separarme pronto del Sacerdote, pero por otro lado, hay muchas cosas de las que preocuparse...
Ante la sincera respuesta de Castiel, Declan soltó una carcajada. Luego, le dedicó las palabras de aliento que realmente quería transmitirle.
—Solo tendrá que hacerlo como siempre.
—Uff, ¿verdad? Ya sea que el paciente sea Su Majestad o un plebeyo, para mí es todo lo mismo. De todos modos, me llamaron dudando de si funcionará, así que no tengo porqué sentirme presionado.
—Es cierto. Y aunque eso no sucederá... como prometí en el templo, incluso si el tratamiento llegara a fallar, me aseguraré de que no haya ningún daño para el Conde.
—Vaya, eso me da mucha confianza.
A pesar de su respuesta animada, Castiel cerró los ojos débilmente mientras seguía con la cabeza apoyada. Era porque ya empezaba a notar los primeros indicios de mareo.
En este momento, ambos se dirigían al Palacio Imperial para cumplir con una petición que parecía una orden del templo. Debido a un accidente de vuelco de carruaje ocurrido anteayer, el emperador se golpeó fuertemente la cabeza y perdió el conocimiento. En una situación donde nadie podía tratar al emperador herido de gravedad por ningún método y todos se habían rendido, el templo llamó a Castiel para aferrarse a una última esperanza. Fue una decisión basada en el informe de Declan.
En otras palabras, Castiel tendría que realizar la cirugía del emperador mañana mismo.
Dado que el estado del emperador se mantenía bajo un velo de misterio, su tratamiento también se llevaría a cabo en secreto absoluto. Debido a estas circunstancias, se decía que en la carta del templo ya se estipulaba una cláusula que indicaba que, incluso si algo salía mal, no se le pediría a Castiel responsabilidad por el resultado de la cirugía. Esta era también la razón por la cual Castiel se sentía menos presionado, a pesar de ser la cirugía de nada menos que el emperador.
«Bueno, tampoco es que el emperador me agrade mucho...».
El actual emperador del imperio tenía una pésima reputación por ser incompetente, y el anterior dueño de este cuerpo tampoco lo quería por esa razón. ¿Sería por los restos de ese recuerdo? El Castiel actual tampoco albergaba sentimientos favorables hacia el emperador y su clan. Quizás ese punto también ayudaba a aliviar la presión que sentía.
Por lo tanto, la preocupación más realista de Castiel, más que el éxito de la cirugía, era un ataque de pánico. Porque cuando se encontrara con la enorme multitud de la capital o con la gente desconocida del Palacio Imperial, era muy probable que no pudiera respirar correctamente. Solo con ver la reacción de Shawer, sabía lo extraño que resultaba su estado de hiperventilación para la gente de este mundo.
«...Estará bien. Cuando estoy con este hombre, mi respiración vuelve rápido a la normalidad. Espero que esto salga bien y que yo también pueda ser de ayuda...».
Las imágenes nítidas de sus pensamientos se dispersaron lentamente y, justo cuando el sueño comenzaba a filtrarse entre ellas, Castiel Avon murmuró su verdadero deseo con un hilo de voz, como si hablara en sueños.
—Por eso... tiene que quedarse a mi lado continuamente.
Y aun sabiendo que esas palabras eran una frase soltada entre sueños, Declan respondió con suma alegría.
—¿Solo quedarme a su lado? ¿Qué tal si le sostengo la mano todo el tiempo?
No hubo respuesta por parte del otro, que ya se había sumido en un sueño profundo. Sin embargo, él pensó que no importaba y sonrió en silencio.
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Fue solo después de que el sol de invierno desapareciera por completo cuando el carruaje se detuvo en el alojamiento previsto. El lugar donde el grupo de Castiel pasaría la noche era una posada de escala considerable.
Mientras el encargado de la posada se llevaba el carruaje hacia el establo, los cuatro se dirigieron al comedor en el primer piso. Para Ivan y Kevin, que habían soportado el gélido viento cortante sentados en el volante durante horas, Castiel pidió varios cuencos adicionales de estofado. Agradecidos por su consideración, ambos devoraron la comida con entusiasmo.
Tras terminar de cenar, los cuatro recibieron las llaves de sus habitaciones asignadas y se dirigieron al cuarto piso. Ya se había decidido desde antes de partir hacia la capital que Ivan y Kevin compartirían una habitación, y Castiel y Declan otra. Resultaba que las pocas habitaciones individuales de la posada estaban todas ocupadas, por lo que no hubo más opción que elegir habitaciones dobles.
Por supuesto, si hubiera usado el nombre del Conde, la posada habría desalojado de buena gana la habitación individual de otro huésped, incluso forzando la situación. Sin embargo, como el traslado de Castiel era secreto y a él mismo no le gustaban especialmente esos privilegios, la decisión de usar una habitación doble se tomó de forma natural.
«Ahora que lo pienso, me estoy poniendo nervioso...».
Mientras Castiel abría y cerraba las palmas de sus manos sudorosas varias veces en silencio, Declan subía las escaleras con paso firme. Ante la diferencia de sentimientos que percibía, Castiel sonrió con desgana.
Sus habitaciones estaban una al lado de la otra. Tanto Ivan como Kevin, quizá porque el cansancio les sobrevino de golpe al relajarse, hablaron con rostros soñolientos en cuanto llegaron frente a la puerta.
—Entonces, entraremos en nuestra habitación. Si necesita algo, llámenos en cualquier momento, señor, Sacerdote.
—Ah, es cierto. Me dijeron que hay una bañera dentro de la habitación. Dijeron que subirían agua caliente antes mientras cenábamos, pero si se ha enfriado, avísenme. Se lo pediré de nuevo al empleado.
Ante esas palabras, Castiel y Declan negaron con la cabeza al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Fue una reacción inmediata nacida del deseo de dejar que Ivan y Kevin descansaran tranquilos.
—Está bien, no se preocupen y duerman profundamente. Se esforzaron mucho.
—Buen trabajo. Que la mirada bondadosa de Dios proteja la noche de ambos.
Ante el amable saludo de los dos, Kevin e Ivan mostraron una sonrisa tímida. Declan les devolvió la sonrisa y abrió la puerta frente a ellos con la llave que tenía en la mano.
—Adelante, Conde.
—Ah, sí. ¡Buenas noches a los dos!
—¡Que descansen!
—Hasta mañana, señor, Sacerdote.
Terminados los saludos, finalmente Castiel entró en la habitación donde se quedaría con Declan. Lo primero que captaron sus ojos fue la escena de dos camas individuales colocadas a una distancia considerable la una de la otra.
Justo cuando Castiel se sentía aliviado por el hecho de que las camas no estuvieran tan juntas, Declan murmuró con un tono de insatisfacción.
—La distancia entre las camas es grande. Es casi como si estuviéramos más separados que en la mansión del conde, solo que aquí no hay una pared de por medio.
Dado que en realidad solo había una razón para que él se quejara de la lejanía de las camas, Castiel no pudo evitar soltar una risa seca.
—Oiga, ¿no se supone que la vigilancia ya terminó?
—Terminó.
—¿Entonces no cree que no hay razón para estar insatisfecho con la distancia de las camas?
—La vigilancia terminó, pero de ahora en adelante es protección. Además, fue el Conde quien me pidió que me quedara a su lado continuamente.
—¿Eh? Eso fue para cuando haya mucha gente alrededor. Dentro de esta habitación solo estamos nosotros dos...
Claramente no tenía otra intención, pero al hablar sintió que sonaba extraño, por lo que Castiel dejó la frase en el aire rápidamente. Evitando la mirada del otro, que lo observaba fijamente, abrió el maletín que estaba sobre la silla.
—¿Puedo... puedo asearme yo primero?
Incluso después de decir esto, sintió que sonaba algo sugerente. Pero como no podía retirar sus palabras, Castiel se concentró firmemente en rebuscar en su maletín. Entonces, un leve sonido de aire, que no supo si era un suspiro o una risa, llegó a sus oídos. Acto seguido, una voz baja lo siguió.
—Báñese con tranquilidad. El dueño de este lugar me pidió una breve oración, así que bajaré un momento.
—¿Qué? Qué clase de Dios busca alguien que está cansado... ah, no es nada. ¡Vaya entonces!
De repente sintió irritación hacia el dueño de la posada, pero Castiel logró contener sus emociones a duras penas. Se debía al temor de que, si se preocupaba demasiado por Declan, su corazón quedara al descubierto.
Sin embargo, a pesar de haber cortado la frase apresuradamente, Declan, que era perspicaz y entendió perfectamente las palabras truncadas, no abandonó la habitación hasta que soltó una carcajada ante el comentario de Castiel.
—Si quiere rezar puede hacerlo solo y con fervor, no hay necesidad de andar llamando a un sacerdote...
Tras cerrarse la puerta, Castiel terminó de soltar sus quejas en voz alta. Luego, con un suspiro, comenzó a desvestirse. Sentía que el cansancio le caía encima de repente, así que quería lavarse pronto y descansar.
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—¡Vaya, esto es realmente bueno! ¡Sería genial instalar algo así en nuestra casa!
A diferencia de la preocupación de Ivan, el agua contenida en un gran balde estaba hirviendo suavemente sobre un pequeño brasero.
Soltando exclamaciones de admiración continuamente, Castiel vertió en la bañera la cantidad de agua que le correspondía y sumergió su cuerpo. Aunque lo único que había hecho en todo el día fue estar sentado quieto en el carruaje, sus músculos gritaban de dolor en varias partes.
Como no podía permitirse lavarse con la misma calma que en casa estando en una posada que compartía con Declan, se bañó rápidamente. Luego, tras ordenar un poco el lugar, se cambió de ropa y se sentó en la silla frente a la chimenea. Al quedarse frente al fuego cálido después del baño, sintió cómo sus mejillas se encendían rápidamente debido al aumento de la temperatura corporal.
Castiel seguía refunfuñando sobre el dueño de la posada mientras esperaba a Declan, quien aún no regresaba. En ese momento, se escuchó un toque en la puerta junto con la voz de Declan desde el otro lado.
—Conde, ¿puedo entrar?
—¡Sí! ¡Ya terminé de asearme!
Solo después de escuchar la respuesta de Castiel, Declan abrió la puerta lentamente y entró. Caminó hacia la chimenea y volvió a hablar.
—Debe haber sido incómodo por ser distinto a su hogar, ¿se encuentra bien?
—Más que bien; las instalaciones aquí son mejores que las de la mansión del conde. Oh, ¿pero se aseó en otro lado? Tiene el cabello mojado.
Justo cuando iba a seguir hablando con entusiasmo sobre el dispositivo que calentaba el agua con el pequeño brasero, Castiel abrió mucho los ojos al descubrir las gotas de agua que colgaban de las hebras del cabello de Declan. Ante esto, Declan se despeinó el cabello con un toque ligero y sonrió.
—Di un breve paseo después de hablar con el dueño. Empezó a nevar cuando estaba por entrar, parece que es rastro de eso.
—¿Nieve?
Castiel se levantó de un salto y corrió hacia la ventana. Al otro lado del cristal, los copos de nieve que revoloteaban con el viento nocturno eran bastante gruesos.
—Vaya, qué bonito... Ah, por cierto, ¿que sea bonito no es el problema, verdad?
Ante la pregunta de Castiel, quien apenas lograba apartar la vista de la ventana, Declan asintió levemente con la cabeza.
—Mañana será mejor que nos movamos rápido.
—Sí. Entonces, Sacerdote, vaya a asearse. Yo iré a avisar a la habitación de al lado.
—Ya se lo he dicho. Yo me asearé ahora, así que el Conde debería dormir primero.
—Ah... no tengo sueño ahora mismo. Entonces me sentaré allí a leer un poco.
Justo antes de lavarse, lo único que quería era meterse en la cama. Quizá porque había cabeceado mucho tiempo en el carruaje debido al mareo, en ese momento Castiel se sentía totalmente despejado. Como Declan también lo sabía, asintió sin decir palabra y se dirigió hacia el baño.
«Debería repasar».
Castiel volvió a la silla frente a la chimenea abrazando el cuaderno que sacó de su maletín. En cada página del cuaderno estaba escrita detalladamente la información sobre hierbas medicinales que Ilma le había enseñado, con la caligrafía de Castiel. Entre ellas había hierbas con efectos potentes que no existían en el territorio de Avon, pero que probablemente se podrían conseguir en la capital.
Haciéndose la promesa de pasar por una tienda de hierbas en la capital antes de regresar a la mansión del conde, Castiel observó atentamente las hierbas que podrían ser necesarias para el emperador. En medio de eso, el sonido del agua que se escuchó de repente comenzó a atormentar los oídos de Castiel.
«¡El sonido es demasiado nítido!».
Incluso en la mansión del conde, ambos se aseaban casi al mismo tiempo, por lo que el sonido del agua no era algo que no se escuchara en absoluto desde la habitación de al lado. Sin embargo, nunca se había escuchado de forma tan vívida. Esto se debía a que en la mansión el tamaño de ambas habitaciones era considerable y la ubicación de las bañeras estaba bastante alejada. Por así decirlo, estaban en los extremos opuestos de cada habitación.
En cambio, la situación aquí era diferente. Para separar el baño de la habitación, solo habían levantado un tabique sumamente delgado, e incluso la parte superior estaba completamente abierta. Para cuando descubrió que el vapor fluía por ese hueco, el rostro de Castiel se encendió en rojo en un instante.
Si se quedaba así, sentía que terminaría teniendo imaginaciones que no debería tener con él. Por ejemplo, su cuerpo desnudo... Castiel, asustado de antemano, cerró el cuaderno, lo lanzó de cualquier manera al maletín y se levantó de un salto. Lo que agarró en su lugar fue su túnica.
—¡Iré a tomar un poco el aire, no, iré a ver la nieve un momento!
Junto con el aviso apresurado, salió de la habitación huyendo antes de que pudiera escucharse la respuesta de Declan.
No sabía con qué cabeza había bajado las escaleras. Solo después de correr frenéticamente fuera del edificio envuelto en su túnica, Castiel Avon se dio cuenta de que la prenda que llevaba puesta era de Declan Prowes. El sutil aroma que siempre emanaba de él envolvía todo su cuerpo.
—¿Por qué tuve que salir precisamente con esto puesto...?
Había huido para cortar los pensamientos impuros que surgieron sobre Declan, pero parecía que ese esfuerzo se desvanecería. Si añadía un poco de imaginación, incluso tenía la ilusión de estar siendo abrazado por él. Castiel estaba considerando seriamente si quitarse la túnica aunque tuviera frío, cuando ocurrió.
—¿No es el amo?
A pesar de estar cubierto de pies a cabeza con ropa negra, Kevin reconoció hábilmente a Castiel y se acercó.
—Ah, Kevin. ¿Qué haces aquí sin dormir? ¿Y Ivan?
—El Sacerdote nos avisó que estaba nevando, así que vengo de revisar el estado del carruaje. Ivan se quedó profundamente dormido hace rato, supongo que por haber conducido con tanto esfuerzo hoy. Mañana yo lo llevaré bien como su cochero.
Al terminar de hablar, Kevin mostró sus dientes blancos con una gran sonrisa. Ante esa figura confiable, Castiel también sonrió.
—Eres muy seguro, como esperaba. Pero... ¿no se atascará la rueda en algún hoyo por la nieve derretida?
Cuando Castiel añadió la pregunta en voz baja, recordando de repente la causa del accidente del emperador, Kevin respondió agitando las manos en el aire.
—Estará bien. E incluso si algo así sucediera, no hay de qué preocuparse. Tengo todas las herramientas, así que puedo arreglarlo rápido.
Ante la respuesta de Kevin, Castiel sonrió pensando en el maletín de herramientas que había guardado con cuidado bajo el asiento del carruaje. El maletín estaba lleno de sierras, martillos, cuchillos y cinceles que él mismo había seleccionado para la cirugía del emperador.
—Es cierto. Ya sea un carruaje o una persona, se pueden arreglar si se tienen las herramientas.
—¡Ah! Yo solo lo decía pensando en el carruaje, pero escuchándolo, es igual con las personas. Como también trajimos las hierbas, realmente no habrá nada de qué preocuparse.
—Eso no significa que desee que ocurra un accidente. Lo sabes, ¿verdad...?
—¡Jajaja! Eso está por descontado. Conduciré con mucho cuidado.
Debido a que se rió con fuerza, un copo de nieve entró en la boca abierta de Kevin. Castiel, al verlo, no pudo evitar estallar en risas también. En ese momento, una mano algo brusca tomó a Castiel por el hombro y lo hizo girar.
—¿Eh?
—Conde.
Al darse la vuelta, allí estaba Declan, respirando con dificultad. Su mano seguía sujetando el hombro de Castiel.
—Sacerdote, ¿por qué salió? ¡Ah, debería haberse secado el cabello antes de salir! ¡¿Qué hará si se resfría?!
—Salí rápido después de secarme un poco porque alguien se fue de repente como si estuviera huyendo, y pensé que algo había pasado.
—¿Hu-huyendo? Le dije que salía a ver la nieve... No, no deberíamos estar aquí, entremos primero. Kevin, entra tú también pronto.
Kevin, que observaba la breve conversación entre Declan y Castiel con ojos brillantes, respondió negando lentamente con la cabeza.
—Entren ustedes primero. Yo iré un momento al establo.
—¿No dijiste que ya habías ido?
—Es que quiero ir otra vez. En fin, suban. El Sacerdote no debe resfriarse.
Kevin, despidiéndose de ambos con una sonrisa radiante, corrió de vuelta hacia el establo. Tras observar esa escena con desconcierto por un momento, Castiel tiró del brazo de Declan.
—Entremos rápido, rápido.
—De acuerdo. Pero antes, un momento...
A pesar de que ya se había acumulado una capa de nieve sobre su cabeza, Declan no pareció preocuparse por su propia situación y, en cambio, ajustó firmemente la túnica de Castiel. Como si hubiera reconocido que era su propia prenda, no olvidó bromear al respecto.
—Debería prestarsela más seguido. Como mi ropa le queda muy grande al Conde, lo cubre mucho mejor.
—... No creo que me quede tan grande. Y es que su complexión es innata, pero yo tampoco soy bajito para nada.
Cuando Castiel murmuró bajando el tono de voz por la timidez, una risa agradable se dispersó sobre su cabeza. Era algo mucho más emocionante que los copos de nieve que caían suavemente, por lo que Castiel tuvo que contener el aliento en ese instante.
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—Por aquí, venga hacia la chimenea.
—No tengo tanto frío.
—¿De qué habla? Salió con el agua goteando de su cabeza. ¡Eso es una forma segura para bajar la temperatura corporal! La inmuni... ejem, el cuerpo humano se debilita en esos momentos.
Incluso mientras refunfuñaba, Castiel se movió diligentemente hasta encontrar una toalla seca. Se la entregó a Declan mientras añadía:
—Su ropa también es muy delgada. ¿Cómo se le ocurre salir solo con esa camisa fina? Ah, asegúrese de dormir bien abrigado más tarde.
Ante sus palabras de regaño, Declan, que se secaba la humedad del cabello con la toalla, soltó una risita. Cuando Castiel abrió mucho los ojos preguntando por qué se reía, él respondió con sinceridad.
—Pensaba en sí el sentimiento del Conde habrá sido este cuando empacaba sus cosas hoy en la mansión.
—Eso significa... ¿Será que lo que acabo de decir le sonó como un regaño?
—Vaya, no lo sabía. Así que mis palabras de antes le sonaron como un regaño al Conde. Yo solo quería decir que me gustaba escuchar su preocupación por mí. Por eso me reí.
«Caí en la trampa...».
Castiel no pudo ocultar su desconcierto y se sonrojó. Al ver eso, Declan se rió abiertamente. Cuando esa risa se calmó gradualmente, preguntó con naturalidad:
—Pero, ¿realmente salió solo a ver la nieve? ¿Y por qué estaba Kevin allí también?
—Sí, bueno... porque me gusta la nieve. Es la primera nieve de este año... A Kevin lo encontré por casualidad.
—Supongo que hoy tuviste suerte, pero ¿qué vas a hacer si te encuentras con un grupo de desconocidos mientras caminas solo así?
Sonó como si comparara a la gente con una manada de fieras, por lo que Castiel soltó una risita para sus adentros. Al mismo tiempo, asintió aceptando las palabras de Declan.
—Tiene razón. Fui imprudente.
—Después de decir que se quedaría pegado a mí, hace esto desde el primer día... No tuve más opción que salir corriendo en medio de mi baño.
«No, si acabo de admitirlo limpiamente, ¿por qué sigue el regaño?».
Castiel puso cara de pocos amigos de inmediato y refutó rápidamente:
—Si nos ponemos así, usted también dejó la habitación vacía cuando yo me estaba bañando.
—En ese momento el Conde estaba totalmente desvestido, así que no había posibilidad de que se cruzara con otra persona. No había nada de qué preocuparse.
—¡¿...?!
No era algo incorrecto, pero era una expresión tan directa que resultaba vergonzosa de escuchar. Castiel cubrió su rostro con ambas palmas, exhaló un suspiro y luego retiró las manos. Interpretando esa reacción de alguna manera, Declan le reveló un hecho más que Castiel no sabía.
—Por si acaso, también cerré la puerta por fuera al salir.
Definitivamente era un hombre sin fisuras. Castiel aceptó humildemente su derrota y se abanicaba la cara con las manos para refrescar su rostro encendido.
—Ugh... Está bien. Es cierto que fui descuidado, así que prestaré más atención en el futuro.
—No pretendo que el Conde me pida disculpas. Y lo que yo hice tampoco puede considerarse una protección perfecta.
Como su forma de hablar era rígida pero su expresión mostraba una sonrisa suave, el sentimiento de Castiel al mirar a Declan se volvía cada vez más confuso. No tenía ni idea de qué palabras esperaba él.
—¿Entonces qué sugiere que hagamos de ahora en adelante...?
—Ya hemos prometido de palabra muchas veces que estaríamos al lado del otro en lo posible, pero como eso no se ha cumplido en la práctica, ¿no cree que es hora de establecer reglas de conducta?
Con esas palabras, Declan arrojó sobre la silla la toalla que tanto se había esmerado en doblar. Luego, se acercó a paso firme hasta quedar justo frente a Castiel.
Para hacer contacto visual, Castiel levantó la cabeza de forma natural y preguntó, rogando internamente que el sonido de su corazón, que latía escandalosamente, no se filtrara al exterior.
—¿Reglas... de conducta?
—Sí. De todos modos, durante todo el itinerario, incluyendo la entrada al palacio Imperial, planeo decir que el Conde es mi sacerdote aprendiz...
Declan dejó la frase en el aire y luego dio un paso hacia un lado, colocándose junto a Castiel. Deslizó su brazo alrededor de los hombros de este y completó lo que faltaba por decir:
—Si el Conde está de acuerdo, ¿qué le parece si ante los demás estamos principalmente así, abrazados por los hombros?
—¿Eh, e-eh?
—También pensé en tomarnos de la mano, pero creo que esto resultará más natural.
Al terminar de hablar, Declan inclinó su cabeza hacia el lado donde estaba Castiel. En el momento en que sus ojos se encontraron a escasísima distancia, las pupilas de Castiel temblaron irremediablemente... y al presenciar esto, Declan aplicó fuerza en las yemas de sus dedos inconscientemente.
—Ah, me duele.
Ante el comentario de Castiel, Declan soltó rápidamente la presión de su mano. Al mismo tiempo, ambos se separaron bruscamente el uno del otro.
—Lo siento.
—Está bien... En fin, ejem. Entiendo lo que quiere decir.
Castiel respondió con rostro apenado y echó un vistazo de reojo a la cara de Declan. A diferencia de él mismo, que tenía las mejillas ardiendo desde que Declan lo rodeó con el brazo, Declan mantenía su semblante habitual. Incluso parecía estar en paz.
«Otra vez soy el único que se altera, solo yo. Bueno, por eso puede tocarme los hombros y hablar de tomarnos de la mano con tanta naturalidad...».
Sin embargo, por mucho que su cabeza lograra asimilar la situación, era imposible que su ánimo permaneciera inalterado. Castiel, con un rostro que evidenciaba claramente su desánimo, giró la cara hacia el lado opuesto y se quejó en tono de broma.
—Parece que el Sacerdote está bastante acostumbrado al contacto con otras personas.
—Mmm... Puede que sí. Después de todo, tanto el orfanato como los campamentos de guerra son lugares donde se debe convivir con mucha gente en espacios reducidos.
—Ah, ya... es cierto.
«¿Qué clase de respuesta acabo de provocar...?».
Por andar con quejas sin sentido, sintió un sabor amargo en la boca al confirmar lo limitado de su propio criterio. Castiel se recriminó profundamente en su interior y mostró una expresión de disculpa hacia Declan. Como si respondiera a ello, Declan soltó una breve carcajada y añadió una explicación.
—Pero esta es la primera vez que yo tomo la iniciativa para actuar de esta manera. Me alegra que haya parecido natural.
—Ah... sí...
«La primera vez».
Entonces, ¿no había tenido a nadie hasta ahora? O bien, ¿era del tipo que no suele tener contacto físico incluso con una pareja...? En cuanto escuchó la respuesta de Declan, una serie de curiosidades personales comenzaron a brotar como nubes en la cabeza de Castiel.
Sin embargo, sacudió levemente la cabeza de inmediato para bloquear todos los pensamientos que surgían. Fue por la ansiedad de que, de seguir así, terminaría cometiendo otro error al hablar. Castiel movió los ojos de un lado a otro para localizar la cama y se dirigió hacia la que estaba junto a la ventana.
—Yo usaré esta. Ya me voy a dormir, así que usted también acuéstese pronto, Sacerdote.
—Espere un momento. Yo usaré esa cama.
Al ver la elección de Castiel, Declan sonrió con aire de apuro e intentó disuadirlo. Era evidente que, al amanecer, el frío se colaría por las rendijas de ese gran ventanal, así que lo correcto era que él durmiera en ese lado.
Sin embargo, Castiel ignoró sus palabras, levantó la manta en silencio y se metió dentro de un salto. Como si el interior de la cama estuviera bastante cálido, su voz al dar la razón de su elección rebosaba una sutil satisfacción.
—No quiero. Esta parece mejor, así que dormiré aquí.
—.......
—...Y como le dije antes, Sacerdote, duerma con algo más de ropa puesta. No se quede solo con esa camisa. Exponerse al viento nocturno con el cabello mojado en invierno es una receta segura para un resfriado, uff...
Tras soltar una serie de frases que no se sabía si eran palabras entre sueños o reproches, Castiel se quedó dormido al instante. Declan se quedó observando esa escena desde lejos durante un largo rato, mientras se frotaba con brusquedad el rostro, que comenzaba a encenderse.
Le gustaba demasiado la dulzura de Castiel, quien, a pesar de preocuparse en exceso por el hecho de que él hubiera recibido un poco de aire frío, se adelantaba a bloquear el frío de la ventana para que él no pasara más frío aún. Le gustaba tanto que estaba a punto de volverse loco de codicia.
En el momento en que vio a Castiel conversando alegremente con Kevin hace un rato, Declan se vio envuelto en celos una vez más, sin remedio. Si lo que Castiel hubiera llevado envuelto no hubiera sido su propia túnica, habría mostrado ante ellos un sentimiento mucho más infantil y crudo.
«Cada vez pierdo más el control».
Declan se sentó en el borde de la cama, meditando sus acciones hacia Castiel durante el día de hoy. El sentimiento de desánimo lo invadió al pensar que había desplegado todo tipo de artimañas, como lo de los hombros y demás, cuando el otro ni siquiera se daba cuenta ni correspondía a sus sentimientos.
Aun así, no es que intentara dar pistas a propósito. Era simplemente que su corazón, desbordado sin importar su propia voluntad, se manifestaba en sus actos. Siendo su propio cuerpo y su propio corazón, Declan no tenía idea de cómo manejarlos.
En el momento en que escuchó la noticia de que el emperador se debatía entre la vida y la muerte por un accidente repentino, sintió, más que preocupación, alegría por el hecho de que eso le permitiría dirigirse a la capital junto a Castiel. En ese instante, Declan pensó que, sin duda, debía de haberse vuelto loco.
Y no era lo único que le hacía sentir fuera de sí. El hecho de que Castiel dependiera exclusivamente de él durante todo el trayecto hasta el Palacio Imperial le resultaba increíblemente extasiante.
Qué afecto tan sombrío. Al contrastarlo con la bondad de Castiel, Declan sentía que se volvía cada vez más miserable.
Por lo tanto, lo único que podía hacer era reprimir sus sentimientos hasta el final y proteger el semblante brillante de Castiel. Hacerlo reír con bromas ligeras mientras estuvieran juntos como ahora, protegerlo de las personas a las que temía, y también...
En caso de que el emperador falleciera, cargar él mismo con toda la responsabilidad que el templo y la familia imperial intentaran imponer sobre Castiel. Esas eran las cosas que Declan debía hacer en lugar de revelar su corazón.
Por eso, le mintió a Castiel. Le dijo que el templo había prometido liberarlo de cualquier responsabilidad, sin importar el resultado de la cirugía. En realidad, era una historia inventada por Declan porque quería que Castiel estuviera tranquilo y deseaba restarle peso a la presión por la cirugía del emperador. Finalmente, había puesto en práctica aquella “mentira piadosa” que mencionó alguna vez como jugando.
Para convertir esta mentira en realidad, Declan envió una carta urgente el mismo día que recibió la carta del templo. Declaró que toda la responsabilidad la asumiría él, quien testificó que los actos de Castiel eran un “tratamiento”, y no Castiel mismo.
Declan deseaba proteger a Castiel del mundo tanto como fuera posible, e incluso esconderlo, pero dado que se había creado una situación en la que eso no era posible, ahora...
Tenía la intención de proteger a Castiel incluso sacrificándose a sí mismo de esa manera.
✧ ° 。ʚ 🍓 ɞ 。° ✧
Finalmente, el carruaje entró en la capital, Beskia. Aunque las cortinas estaban bien cerradas, el alboroto del exterior se filtraba vívidamente dentro del carruaje, por lo que Castiel bajó la capucha de forma defensiva hasta sus cejas.
Declan, sentado enfrente, le entregó un pañuelo y comenzó a hablar.
—Casi llegamos al Palacio Imperial. No habrá tanta multitud como aquí, pero varios miembros del templo nos estarán esperando... Será mejor que se cubra el rostro con esto.
—Gracias. Pero, ¿en el templo o en el Palacio Imperial todos saben quién soy?
—En el templo sí, pero los sirvientes del Palacio Imperial lo conocerán como mi sacerdote aprendiz. Yo me encargaré de tratar con todos, así que no tiene de qué preocuparse.
—Sí...
Asintiendo, Castiel se cubrió hábilmente la nariz y la boca con el pañuelo. Paradójicamente, sintió que finalmente podía respirar un poco mejor.
Al mismo tiempo, Ivan y Kevin no dejaban de soltar exclamaciones de asombro ante la imponente figura del Palacio Imperial que se acercaba cada vez más. Los edificios, tan altos que apenas cabían en la vista si se inclinaba mucho la cabeza, estaban hechos de mármol blanco con brillantes adornos de oro, presumiendo una mezcla de majestuosidad y lujo.
—¡Vaya, así que ahí es donde vive Su Majestad el Emperador...!
—Ivan, parece que tuve suerte con nuestro señor. Pensar que entraría al Palacio Imperial en mi vida.
Tal como Declan le había indicado previamente, Kevin, el cochero de hoy, dirigió los caballos hacia la puerta trasera del Palacio Imperial. Como el edificio del palacio más cercano a la puerta trasera era el templo ubicado en el interior, se decía que la gente del templo estaría esperando allí fuera.
Debido a que la escala del Palacio Imperial era enorme, su carruaje tuvo que rodear la muralla durante un buen rato antes de llegar a la puerta trasera. Frente a la puerta, junto con los soldados que la custodiaban, había unos cinco o seis hombres vestidos con ropas sacerdotales formados en fila.
Poco después, el carruaje se detuvo. Ante el grito de Kevin anunciando la llegada, Declan se levantó primero. No olvidó tomar el maletín de herramientas que estaba guardado bajo el asiento.
—Yo saldré primero. Usted salga despacio, Conde.
—¿No sería mejor que yo llevara el maletín? Para parecer un sacerdote aprendiz.
—Ahora que lo dice, tiene razón. ¿No le resultará pesado?
Ante su tono de voz, que denotaba una preocupación sincera, Castiel soltó una pequeña risa. Al mismo tiempo, la tensión que envolvía su cuerpo de forma imperceptible se disipó un poco.
—¿Cómo me ve? Esto no es nada para mí.
Al ver la sonrisa de Castiel, la comisura de los labios de Declan también se relajó con suavidad. Asintió una vez y abrió la puerta del carruaje.
—Finalmente ha llegado, Sacerdote Declan.
Antes de que Declan terminara de bajar los escalones del carruaje, un hombre de aspecto bondadoso y frente despejada se acercó rápidamente a recibirlo.
Declan asintió con una sonrisa perfectamente ensayada.
—Ha pasado tiempo, Sumo Sacerdote Somerville.
—¿Cómo ha estado este tiempo? ¿Y su salud?
—A pesar de su valiosa preocupación, mi cuerpo sigue igual. Y...
Declan explicó brevemente su estado con sus palabras habituales y luego tomó suavemente del brazo a Castiel, que bajaba detrás de él, para que se situara a su lado. Acto seguido, añadió unas palabras mientras lo rodeaba por los hombros atrayéndolo hacia sí, como si lo escondiera en su regazo.
—Como le mencioné anteriormente, el Conde es una persona de corazón frágil. Debo cuidarlo así, como a un niño.
Estando hundido en el regazo de Declan, Castiel apenas logró contener la risa. Entendía la situación, pero aun así, tratarlo abiertamente como a un “niño” frente a desconocidos... ¿no era demasiado absurdo?
Por una parte le parecía totalmente ridículo, y por la otra le hacía tanta gracia que las comisuras de sus labios no dejaban de moverse. Al intentar contener la risa a la fuerza, terminó con todo el cuerpo temblando.
Somerville, interpretando mal ese gesto, soltó un comentario con voz apenada.
—...Vaya, ya veo.
—Hagamos las presentaciones formales más tarde... por ahora, entremos.
—De acuerdo.
Gracias a Declan, Castiel pudo entrar al Palacio Imperial sin tener que hablar directamente con rostros desconocidos. Siguió al final de la comitiva, todavía medio abrazado por Declan. En algún momento, Declan le había quitado el maletín de herramientas.
En realidad, a diferencia de lo que temía, a pesar de haberse enfrentado al Sumo Sacerdote, a otros sacerdotes desconocidos y a varios soldados, la respiración de Castiel no se alteró demasiado. No sabía si la razón era gracias a Declan, que estaba a su lado... pero, en cualquier caso, ahora estaba bien.
Aun así, como no le desagradaba la sobreprotección de Declan, Castiel se mordió ambos labios, conteniendo a duras penas la risa inoportuna que amenazaba con escaparse de nuevo.
El dormitorio del emperador estaba en el cuarto piso. Tras recorrer pasillos que parecían laberintos y subir escaleras que parecían no tener fin, las únicas personas del palacio con las que Castiel se cruzó fueron un hombre y una mujer de cabello blanco que parecían de edad similar, solo ellos dos.
«Dijeron que mantendrían en secreto el hecho de que el emperador está herido. Supongo que por eso han minimizado las miradas en mi visita».
Finalmente, en el cuarto piso, todo el grupo se detuvo frente a una puerta lujosa que claramente era la habitación del emperador. Para ese momento, Castiel jadeaba, no por el pánico, sino por el esfuerzo de haber subido las empinadas escaleras. Como si conociera bien el estado de Castiel, Declan movió la mano que rodeaba su hombro hacia su espalda y le dio unas suaves palmaditas.
Cuando el hombre y la mujer de cabello blanco pusieron sus manos en los pomos de ambas puertas, Somerville, que había guardado silencio hasta entonces, se giró hacia Castiel y habló. Fue una voz que no era más que un susurro.
—He solicitado que se desaloje la habitación por completo. Por lo tanto, espero que ponga todo su esfuerzo posible.
—Gracias.
Ante la voz de Castiel, que era considerablemente baja, Somerville carraspeó una vez y añadió una frase más. Esta vez, fue con un volumen que los otros sacerdotes que estaban detrás de él pudieron escuchar con claridad.
—No es cualquier persona, sino el propio Sacerdote Declan quien elogió su habilidad mencionando incluso el poder divino, así que esperaremos los resultados con ansias.
En ese instante, la mirada de Declan se volvió notablemente afilada. Más que la mención de su nombre, parecía que lo que no le gustaba era lo que Somerville había añadido al final.
—Sacerdote Somerville. Lo que acaba de decir contradice la petición específica que hice en la carta que envié.
—Ah, es cierto. Con la edad, la memoria se me vuelve así de borrosa.
Ante el contenido de una conversación que no podía comprender, Castiel asomó la cabeza con curiosidad. Declan también se encontró con su mirada, pero no dio ninguna explicación y se limitó a negar con la cabeza.
Somerville observó a ambos con una mirada gélida, pero pronto se encogió de hombros de manera exagerada y dio un paso atrás. Luego, hizo una seña con la mirada al hombre y a la mujer que seguían sosteniendo los pomos para que abrieran las puertas.
Cuando las puertas se abrieron, Somerville volvió a hablar con una sonrisa sumamente bondadosa pintada en todo su rostro.
—Adelante. Yo y los demás sacerdotes regresaremos al templo a esperar noticias.
—Vayan con cuidado. Que el favor de Dios resida en cada paso de los sacerdotes.
—Que la bendición de Dios esté con ustedes.
Con el saludo de oración entre Declan y Somerville terminado, Castiel finalmente puso un pie en el dormitorio del emperador.
La amplia habitación estaba llena de muebles y adornos costosos, pero lo que captó primero la atención de Castiel fue el emperador, que yacía en la cama respirando con dificultad.
—Sacerdote, el agua caliente...
—Estará lista de inmediato. Pedí que la dejaran frente a la puerta cada 10 minutos una vez que comenzara el tratamiento.
—Ah, sí.
—Además, la doncella y el médico real que han cuidado de Su Majestad desde el accidente están esperando en la habitación de al lado. Si tiene alguna duda, iré a preguntarles.
—Gracias. Entonces, ¿podría averiguar los detalles de los cuidados hasta ahora y cómo ha sido el estado de Su Majestad hasta hace un momento?
En cuanto escuchó la petición de Castiel, Declan se retiró. Era, sin duda, un colaborador confiable.
Mientras él obtenía la información, Castiel se lavó las manos en el baño interno y luego cerró todas las cortinas de la habitación para bloquear por completo la luz del sol. Después de encender las velas en el candelabro sobre la mesa, comenzó a examinar minuciosamente cada parte del cuerpo del emperador, que estaba cubierto de heridas.
Al abrir a la fuerza los ojos cerrados del emperador para verificar el tamaño de las pupilas, se hizo evidente que tenían tamaños diferentes. La reacción a la luz también era lenta.
Aunque el grado de las lesiones externas visibles no era tan grave, no había ninguna respuesta en las extremidades al aplicarles estímulos.
«Como pensaba... parece ser una lesión en la cabeza».
Justo cuando Castiel sospechaba de una “lesión cerebral traumática”, Declan regresó. En su mano llevaba un papel lleno de letras escritas con prisa.
—He tomado nota de todo, ya que pensé que sería mejor que verificará el contenido usted mismo en lugar de que se lo contara de palabra.
—Hizo bien.
Castiel aceptó el papel con alegría. Aunque la caligrafía estaba algo temblorosa, no era ilegible.
—... Mmm, la hemorragia en la nariz y los oídos se detuvo rápido, y se le ha suministrado líquidos continuamente. ...Para ser primeros auxilios, no parece haber estado mal.
Una leve sensación de alivio apareció en los ojos azules de Castiel. Al notar esto, Declan también adquirió una mirada más calmada y esperó su siguiente instrucción.
—Sacerdote, ¿podría ayudarme a levantar un poco el cuerpo de Su Majestad? La almohada está alta, pero con esto no es suficiente.
—Puedo hacerlo solo.
Declan se movió en cuanto terminó de hablar. Con un brazo levantó con cuidado el cuerpo inerte del emperador y con el otro ajustó la posición de la almohada.
—Está perfecto. Entonces ahora... ¿Empezamos a afeitar el cabello de Su Majestad?
Aunque puso los ojos de sorpresa ante la propuesta, Declan buscó en el maletín de herramientas hasta encontrar las tijeras y la navaja. No tardó ni diez minutos en cortar el cabello enredado y afeitarlo limpiamente hasta que el cuero cabelludo quedó expuesto.
—Es usted muy hábil.
—He cortado mucho el cabello de los niños del orfanato en el frente de batalla.
—Me he encontrado con la persona adecuada.
Mientras tanto, Castiel preparó las herramientas necesarias para el procedimiento. Un cuchillo pequeño, una sierra miniatura y un punzón eran las herramientas principales de esta cirugía.
Con la cabeza del emperador ya afeitada, Castiel aplicó el aceite de hierbas que trajo en la zona donde preveía que habría sangre acumulada formando un coágulo, y desinfectó meticulosamente. La zona que diagnosticó fue el lóbulo temporal izquierdo.
—Hay sangre acumulada dentro de la cabeza de Su Majestad formando algo parecido a un bulto, y planeo eliminar eso ahora. Si lo dejamos así, mmm... es muy peligroso. La presión aumenta demasiado.
Castiel dio la explicación incluso antes de que él preguntara. Porque, por muy acostumbrado que estuviera Declan a sus cirugías, ver cómo aplicaba un cuchillo en la cabeza de una persona podía resultar impactante. Afortunadamente, Declan, aunque no pudo ocultar su sorpresa ante sus palabras, asintió lentamente.
—... Entiendo. Gracias por explicarlo.
—No hay de qué. Mmm, y antes de empezar... sería mejor que el Sacerdote se mantuviera de espaldas.
—¿Le estorba que lo mire?
—No es eso, es que, bueno, no será una imagen agradable.
—Entonces déjeme ver. ¿No debería acostumbrarme pronto para poder ser de más ayuda en el futuro?
Aunque se preguntó si algo así volvería a ocurrir, Castiel asintió. En una parte de su corazón, se sentía agradecido con Declan por no mostrar un gran rechazo a la cirugía, a diferencia de la primera vez.
—Entonces, empezamos.
Con el cuchillo desinfectado en agua caliente, Castiel realizó la incisión en el cuero cabelludo. En cuanto el periostio quedó expuesto, cambió las herramientas por el punzón y la sierra.
—Sacerdote, saque todas las telas que trajimos. Puede haber una expulsión de sangre.
—Entendido.
—Como puede haber una hemorragia adicional, también el jugo de milenrama.
—Sí.
Después de eso, la colaboración entre Castiel y Declan se repitió varias veces. Debido a que las herramientas no eran perfectas, la cirugía tardó más de lo esperado, pero afortunadamente Castiel terminó la operación tal como pretendía sin mayores contratiempos. Como la zona de incisión no era grande, también pudo realizar la sutura correctamente.
Finalmente, al aplicar jugo de opio bajo la nariz y sobre los labios del emperador, Castiel volvió a hablar.
—La cirugía ha terminado, pero me gustaría vigilarlo personalmente al menos por esta noche. ¿Estaría bien?
—Por supuesto. Yo también me quedaré.
—¿Qué hacemos con lo que dijo ese Sumo Sacerdote de que esperaría en el templo?
—Le explicaré la situación al sirviente de aquí y le pediré que envíe a alguien al templo en mi lugar. ...Además, parece que tendremos que limpiar esto un poco.
Declan señaló con la barbilla hacia el suelo con una sonrisa apenada. Sobre la lujosa alfombra se extendía no solo un montón de telas teñidas de sangre roja oscura, sino también cubos llenos de agua ensangrentada.
—¡Ah! Por si acaso... no se enojarán por haber hecho que Su Majestad perdiera tanta sangre, ¿verdad?
—Eso no sucederá. E incluso si ocurriera, yo me encargaré de resolverlo, así que no se preocupe. Iré y volveré.
Declan salió de la habitación con una risa ligera. Al mismo tiempo, el silencio que se instaló hizo que Castiel se sintiera extraño. Inclinó la cabeza y se quitó el pañuelo que todavía llevaba envuelto en la cara.
—Fiuuu... ahora estoy más cómodo. Aunque el olor no es muy bueno...
Frunciendo el ceño ante el olor a sangre después de mucho tiempo, Castiel miró al emperador. Respiración autónoma, sin convulsiones. Para ser justo después de una cirugía mayor, su estado no era malo, así que esperaba que el resultado también fuera bueno.
Porque, aunque no tuviera que responsabilizarse por la muerte del paciente, no había realizado la cirugía de cualquier manera.
«Ahora que lo pienso, me inquieta lo que dijo ese calvo del Sumo Sacerdote».
Él le dijo a Castiel que esperaba los resultados, pero eso contrastaba con lo que Declan había dicho. Porque Declan afirmó claramente que el templo no acosaría a Castiel por el resultado de esta cirugía.
Y la reacción de Declan en ese momento también le preocupaba bastante. ¿Qué sería lo que él solicitó en la carta para que reaccionara de forma tan cortante antes de que el Sumo Sacerdote terminara de hablar? Y aun así, el Sumo Sacerdote le respondió con esa sonrisa molesta y excusándose con la edad...
—Eh... por si acaso... lo que me dijo de que no me preocupara...
Fue el momento en que rescató uno de los muchos pensamientos que flotaban en su cabeza. El semblante de Castiel se volvió pálido en un instante.
✧ ° 。ʚ 🍓 ɞ 。° ✧
Declan regresó pronto al dormitorio del emperador con un saco vacío.
—He pedido que lleven el mensaje al templo. Pensé que sería mejor limpiar esto nosotros mismos, así que conseguí un saco.
—Ah... hizo bien.
En el momento en que vio su rostro, una pregunta clara surgió en el corazón de Castiel.
Si el hecho de decir que no había de qué responsabilizarse, incluía también al propio Declan.
Al mismo tiempo que sentía curiosidad por la respuesta, también tenía miedo. Le asaltó el temor de que, por si acaso, él hubiera arruinado la cirugía del emperador teniendo la vida de Declan en sus manos.
Al final, en lugar de preguntar la verdad de inmediato, Castiel optó por arrebatarle el saco de las manos a Declan.
—Yo meteré los desechos.
—Ajá, naturalmente me deja el trabajo más difícil.
—... ¿Eh? ¡No, no es eso...!
—Es una broma. Como tengo que ir y venir afuera para vaciar los cubos, obviamente debo hacerlo yo.
Realmente no era su intención... en el rostro de Castiel apareció una mezcla de indignación y vergüenza. Declan le dedicó una amplia sonrisa al ver su desconcierto y luego levantó las asas de dos cubos llenos de agua ensangrentada con ambas manos.
—He oído que hay un lugar para tirar el agua en este mismo piso. Iré y volveré.
—Sí, se lo encargo. Gracias.
—No es nada.
Cuando Declan volvió a dejar la habitación, Castiel se dio cuenta recién entonces. De que el pensamiento pesado que lo abrumaba hasta hace un momento se había desvanecido como la nieve ante una sola broma corta de Declan.
«Qué difícil va a ser esto, de verdad...».
Gracias a la cirugía del emperador, su separación se había pospuesto, pero al final eran personas destinadas a separarse. Después de eso, bueno. Sería una suerte si se vieran un par de veces al año.
Y... aunque Declan no lo hiciera con intención, Castiel ya llevaba mucho tiempo domesticado por él. Exactamente como ahora. Al darse cuenta de ese hecho de repente, le entró un miedo súbito por el tiempo en que él no estuviera.
Además, si realmente fuera cierto que Declan asumió toda la responsabilidad de este asunto él solo... era evidente que sus sentimientos por él se volverían aún más profundos de lo que ya eran.
«Y, presiento que mi intuición va a ser la correcta...».
Castiel soltó un quejido bajo al leer su propio futuro con tanta claridad.
Recoger las telas empapadas de sangre en el saco fue rápido. Para que Declan se esforzara lo menos posible, Castiel movió los cubos restantes cerca de la puerta, intentando calmar su inquieto corazón.
✧ ° 。ʚ 🍓 ɞ 。° ✧
—Gracias a que movió los cubos, el trabajo terminó rápido.
—Se esforzó mucho. Siéntese en el sofá a descansar un poco.
Cuando Declan terminó de vaciar todos esos cubos y regresó a la habitación, Castiel se dirigió hacia el emperador con el frasco de vidrio que contenía el jugo de opio. Acto seguido, vertió una pequeña cantidad de jugo entre los labios del emperador.
—Dijo que eso era... ¿Una hierba para aliviar el dolor del paciente?
Declan, en lugar de descansar en el sofá, se acercó al lado de Castiel y formuló la pregunta. Castiel tapó la boca del frasco con el tapón, lo dejó sobre la mesa de noche y asintió levemente.
—Así es. Es peligrosa si se usa mucho, pero si se usa adecuadamente, es útil porque mitiga el dolor. Aunque no puede eliminar el dolor por completo.
—... ¿No existe ninguna hierba que elimine el dolor por completo?
Al escuchar eso, los que vinieron a la mente de Castiel fueron los anestesiólogos de su vida pasada. Los protagonistas ocultos del quirófano y seres sumamente valiosos para otros médicos como él. Pero incluso para ellos, era imposible reducir todo el dolor a cero.
Siendo así incluso en la era moderna, era imposible que existiera una hierba así en este lugar. Castiel negó con la cabeza en silencio.
—Que yo sepa, no existe. Y parece que Ilma, que tiene conocimientos de hierbas mucho mejores que los míos, tampoco la conoce.
—Ya veo. De haberlo sabido, debería haberla guardado bien para cuando conociera al Conde.
—... ¿Qué cosa? ¡Ah! ¿No me diga que existía una hierba así?
Castiel, con los ojos muy abiertos, se acercó a Declan a grandes pasos y preguntó, a lo que él sonrió lentamente. Acto seguido, le siguió una voz baja y suave.
—Ese era mi poder divino. La habilidad de eliminar el dolor.
—Guau... guau... ¡Guau, en serio... en serio!
Tan sorprendido estaba que Castiel ni siquiera se dio cuenta de que estaba emitiendo un sonido tonto. Se quedó mirando fijamente el rostro de Declan con la boca entreabierta.
Declan hizo un gesto involuntario con la mejilla por un momento y, de repente, se dio la vuelta. Se apresuró a sentarse en el sofá y dio una respuesta tardía.
—Sí. Podía calmar el dolor por completo. Aunque eso no significaba que curara las heridas.
—Era una habilidad realmente increíble. ¿Habrá sido especialmente útil en el campo de batalla, no?
—… No tanto.
—¿Eh? ¿Por qué?
En los ojos de Castiel, que lo había seguido para sentarse frente a él, surgió una profunda curiosidad. Declan tragó un suspiro y terminó de relatar el secreto que guardaba.
—La primera persona con la que usé mi habilidad fue un Sumo Sacerdote enviado por el Templo. Estaba postrado en cama porque una flecha le había rozado la pierna; yo me encargué de cuidarlo y fue entonces cuando manifesté el poder sagrado.
«¿Esto empieza a sonar mal desde el principio...?»
Castiel sintió que su rostro se tensaba y confirmó los hechos con cautela.
—Entonces… ¿Quiere decir que la primera persona en descubrir la habilidad del sacerdote fue alguien del Templo?
—Sí. Me hizo experimentar varias veces con otros soldados hasta que estuvo seguro de mi poder sagrado. Y… de inmediato, controló a quiénes podía usarlo.
—… ¿Qué?
—Me ordenó que no lo usara para la gente del campo de batalla, sino solo para aquellos a quienes ellos traían. Personas de alto estatus o relacionadas con el Templo. Por eso, no fue de gran utilidad.
Castiel guardó silencio un momento para organizar la historia de Declan. Es decir, que el Templo controló el poder sagrado de Declan como si fuera suyo… Para entender esa situación tan absurda, debía existir una premisa obligatoria.
Él frunció el ceño ligeramente y preguntó.
—Ese poder sagrado, ¿por casualidad tenía un límite de uso?
—En el Templo creen eso, pero no ha sido confirmado.
—Ah….
Un pesado suspiro escapó de los labios de Castiel. La rabia y el asco que surgieron tardíamente se enredaron caóticamente en su cabeza.
No podía ser la voluntad de Dios que ese valioso poder sagrado, que no cualquiera puede recibir, se usará únicamente para las personas de alto rango. Cómo era posible que unos humanos llamados sacerdotes, que supuestamente sirven a Dios, trataran el poder sagrado de una forma tan vulgar….
Para reprimir su ira hacia el Templo, Castiel se mordió con fuerza el labio inferior con los dientes frontales. Al ver eso, Declan habló en voz baja con un tono cargado de autodesprecio.
—Sé que es una historia… decepcionante. Aun así, quería decírselo al conde algún día. Sin ocultarle nada.
—Pensé que no había nada de qué decepcionarse, pero realmente es decepcionante.
En cuanto esa respuesta que no ocultaba el fastidio salió de la boca de Castiel, Declan se sintió aún más miserable. A diferencia de su razón, parece que su corazón esperaba que Castiel entendiera un poco la difícil situación en la que se encontraba en aquel entonces.
Justo cuando Declan intentaba recomponer su expresión para terminar rápido la conversación, Castiel se echó el flequillo hacia atrás con brusquedad y soltó sus emociones sin filtro.
—Sacerdote, ¿no puede simplemente salir del Templo? Ese lugar está podrido, demasiado podrido. No solo Philus es el problema, sino que el lugar en sí es un nido de problemas. No, ¡mientras más lo pienso, más me enojo! ¿Quiénes se creen ellos para decir si puede usar su habilidad o no? Seguro lo amenazaron con algo como excusa. ¿Tengo razón?
—Eso es….
Declan se sorprendió una vez porque las críticas de Castiel se dirigían al Templo y no a él, y otra vez porque adivinó el hecho de que el Templo lo había estado chantajeando sin que él lo mencionara. Al ver que Declan, con rostro sorprendido, no podía responder de inmediato y solo movía los labios, Castiel continuó sin darle respiro.
—Ahora lo entiendo con claridad. Me resultaba extraño que la habilidad del sacerdote no fuera conocida en todo el mundo. Era porque el Templo quería usarla solo para la gente importante y por eso lo mantenían en secreto. Por la misma razón, le cerraron la boca a usted.
—…….
—Son personas realmente ridículas. ¿De verdad no puede renunciar? Si no tiene a dónde ir, puede venir a mi mansión del condado.
Era una propuesta tan maravillosa que solo escucharla resultaba embriagadora. Pero….
Declan sonrió con amargura, lamentando su situación que le impedía aceptar.
—Agradezco sus palabras, pero no puedo hacerlo. Si me voy, las vidas de otras personas correrían peligro.
—¿Qué quiere decir con eso…?
Mirando alternadamente las pupilas de Castiel, que mostraban confusión, Declan relató con calma el contenido de la amenaza que el Templo le había impuesto.
—Dijeron que, si no seguía las órdenes del Templo, cerrarían todos los orfanatos del Imperio que ellos administran. Al principio, por supuesto, rechacé esas palabras… pero de inmediato expulsaron a los sacerdotes aprendices provenientes de orfanatos que estaban en los pabellones del campo de batalla.
—…….
—Demostraron que su amenaza no era mentira empujando a esos niños al matadero.
—Están… Están locos, de verdad.
Ante una historia tan aterradora que supera lo imaginable, el rostro de Castiel se puso pálido. Si eso no era ser un demonio, ¿qué era? Ellos no tenían derecho a sospechar que nadie más fuera un demonio.
Amenazar utilizando la vida de los huérfanos era un chantaje que funcionaría no solo con Declan, sino también con Castiel. Porque él también fue un niño que creció en un orfanato en su vida anterior. Quizás por eso, Castiel sintió una sincera lástima por Declan, quien tuvo que soportar tal amenaza solo.
Sin llegar a comprender ese sentimiento de Castiel, Declan explicó su situación basándose en su experiencia.
—Yo… Soy alguien que conoce muy bien la tristeza de un niño que no tiene familia. Por eso, no pude tomar otra decisión en aquel entonces, ni puedo hacerlo ahora.
—Entiendo la postura del sacerdote. El problema es el Templo. Digamos que en aquel entonces fue así, pero ¿por qué no lo dejan ir ahora? Dijo que su poder sagrado desapareció.
—Porque no quieren que escape del control del Templo. Probablemente la idea de que el poder sagrado pueda regresar es lo que más pesa, y si no es eso… parece que creen que deben vigilarse por guardar los secretos del Templo.
—Es increíble, guau….
Mientras más escuchaba, sentía que las fuerzas abandonan su cuerpo. En resumen, el Templo tiene a Declan atado con una correa. El camino para soltar esa correa por sí mismo parecía lejano… Castiel se mordisqueó los labios ante la sombría realidad.
Entonces, Declan, que ya tenía un rostro de desaprobación, señaló su propio labio con el dedo índice y dijo.
—Conde, basta… se hará daño en el labio.
—Ah, esto no es nada. Ahora esto no es lo importante….
—Es importante para mí.
Ante la voz firme de Declan, Castiel se conmovió momentáneamente. Sin siquiera preocuparse por si sus sentimientos se filtraban, soltó todo lo que pensaba.
—¿Cómo va a ser importante? Le digo que esto no es nada. Acabo de escuchar que la vida del sacerdote está hipotecada por el Templo… estoy tan molesto que me muerdo un poco el labio, ¿qué tiene eso de malo…?
—Conde.
—¿Esto solo se puede solucionar si purgan a los altos mandos del Templo? ¿No hay otro método? ¿Cuántos orfanatos posee el Templo? ¿Y si los mantenemos con la fortuna de mi condado?
Tras un momento de desconcierto ante la ráfaga de preguntas de Castiel, Declan endureció su rostro de repente y dijo tajantemente.
—No es necesario que el conde llegue a ese extremo.
—¿Por qué?
—Porque es mi asunto.
—Por eso mismo quiero intervenir. ¿Acaso no teníamos ya una relación de ese nivel?
Solo después de notar que su voz tembló un poco al pronunciar la última frase, Castiel se dio cuenta de que había hablado sin pensar, soltando lo primero que le vino a la mente. Sin embargo, no se arrepintió. Una vez enterado de la situación de Declan, no tenía intención de quedarse de brazos cruzados.
Por su parte, Declan olvidó todo el contenido de la conversación anterior por quedarse meditando la última frase de Castiel. La razón era que no podía juzgar hasta dónde llegaba esa “relación de ese nivel” que él mencionó.
Sería mentira decir que Castiel no se desanimó ante la reacción vacilante de Declan al no responder fácilmente, pero decidió mirar solo hacia adelante por el momento. Justo ahora, encontrar la forma de sacarlo del Templo se había convertido en su nuevo objetivo de vida. Incluso si él no deseaba su intervención.
«Dijeron que los únicos que pueden presionar al Templo en el Imperio son los miembros de la familia imperial… Así que, cuando el Emperador despierte, debo empezar por ganarse su confianza aprovechando el hecho de que soy el médico que le salvó la vida».
Aunque en esta vida había vivido con cautela por su debilidad psicológica, Ko Young-won de su vida anterior era una persona con bastante habilidad social. Por lo tanto, si lograba controlar bien sus síntomas de pánico, tenía confianza en que podría caerle bien al Emperador mediante una diplomacia adecuada.
Para que ese plan se ejecutara, lo primero y principal era que el Emperador recuperara la salud.
Castiel se levantó de un salto y se dirigió hacia el Emperador. Comenzó a revisar su estado nuevamente. Primero, levantó los párpados con los dedos para comparar el tamaño de las pupilas y confirmó que ambos lados eran iguales. Aunque algo débil, el ritmo de la respiración tampoco era malo.
Aliviado, Castiel miró el reloj un momento y luego se giró hacia Declan.
—Necesito agua hervida, ¿podría traerla?
—Iré ahora mismo.
—Gracias.
El aire que se había congelado un momento mientras Declan retrasaba su respuesta recuperó su temperatura natural cuando Castiel sacó el tema del tratamiento.
Cuando Declan salió, Castiel soltó un largo suspiro. Luego, bajó la mirada hacia el Emperador, que mantenía los ojos cerrados, y murmuró en voz baja.
—Despierte pronto, paciente. Porque usted debe convertirse en mi respaldo.
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Castiel disolvió sal en el agua que Declan trajo y la vertió en la boca del Emperador. Debido a la falta de herramientas como pajillas, fue un trabajo bastante lento a pesar de ser poca cantidad. Declan se mantuvo al lado de Castiel y limpió con un paño cada vez que el agua salada escurría por la comisura de los labios del Emperador.
—Gracias.
—No es nada. Ah, la comida para nosotros ya debe de estar lista a estas horas. Iré a verificar y la traeré.
—¿Qué voy a hacer si solo el sacerdote se mantiene en movimiento?
—Es una suerte poder hacer al menos este tipo de tareas.
Mientras Declan iba a buscar la comida, Castiel ordenó la mesa. Como correspondía al dormitorio de un Emperador, cada mueble era excesivamente grandioso, y la mesa no era la excepción. Aunque solo había dos sillas, la mesa era tan grande que seis personas podrían sentarse alrededor y sobraría espacio.
—A este paso, hasta podría dormir acostado aquí.
Como sus brazos no llegaban al borde de la mesa desde un solo lugar, Castiel no tuvo más remedio que moverse de un lado a otro para limpiarla. Fue justo cuando una pequeña queja se escapó de sus labios. Se escuchó el sonido de la puerta abriéndose ruidosamente por detrás.
—Ha llegado….
—Ja, ¿de verdad estás aquí?
En el lugar donde pensó que estaría Declan, había un hombre desconocido. Era la primera vez que lo veía, pero para Castiel no fue difícil adivinar su identidad.
Era porque su apariencia era idéntica a la del hombre que yacía en la cama. Especialmente ese cabello rojo que recordaba a la sangre.
—¿Su Alteza el Príncipe Heredero…?
—¿Eres tú el médico que dicen que llamaron del Templo?
Aunque la aparición repentina del Príncipe Heredero sin previo aviso era absurda, Castiel no podía demostrarlo. Él dobló lentamente una rodilla para hacer una reverencia y, al levantarse, respondió.
—Así es.
—Maldición… Su Majestad todavía debe estar en un estado crítico, ¿verdad?
—No, acaba de entrar en una etapa donde está recuperando la estabilidad.
—¿Qué?
Fue solo después de que los ojos del Príncipe Heredero se abrieran con fijeza hacia él que Castiel pudo confirmar el color de sus pupilas y ladeó la cabeza. Sus ojos eran de un marrón claro que normalmente debería sentirse cálido, pero en ese instante emitían un aura tan fría que le dio escalofríos.
—Mis respetos a Su Alteza el Príncipe Heredero.
Antes de que Castiel pudiera añadir alguna reacción, Declan regresó. Ante su saludo, el Príncipe Heredero giró la cabeza con irritación.
—Declan Prowes. Explícame esta situación.
—En la región donde me encontraba por asuntos de trabajo, conocí a un médico con grandes habilidades. Y justo cuando escuché las noticias sobre Su Majestad el Emperador, vinimos juntos para realizar el tratamiento.
En esa breve respuesta se omitió la información sobre el estatus de Castiel. Quizás por esa razón, en lugar de mostrar interés por Castiel, el Príncipe Heredero se ensañó con Declan.
—Supongo que no ignoras que la noticia del accidente de Su Majestad es un alto secreto. ¿Estás seguro de que es alguien de confianza?
—El Templo de Beskia también lo ha confirmado.
—Estos tipos están jugando a dos bandos descaradamente… Así que, ¿qué? ¿Dices que su estado está mejorando?
Tras murmurar palabras intangibles para sí mismo, el Príncipe Heredero miró con dureza hacia Castiel y preguntó. En el momento en que Castiel iba a abrir la boca, Declan se acercó y se interpuso frente a él.
—Actualmente es así, pero creo que podré decírselo con más certeza después de observar cómo evoluciona hasta mañana.
—… ¿Ah, sí? ¿Significa que aún no es una etapa en la que se pueda estar seguro?
—Así es.
No se sabía qué parte de las palabras de Declan le causó satisfacción, pero el rostro del Príncipe Heredero se relajó considerablemente. Al ver ese cambio sutil, Castiel sintió una repentina ansiedad y trasladó su mirada a la espalda de Declan como si se escondiera.
—Bien. Entonces lo tendré en cuenta y esperaré el próximo informe. Ven tú mismo a entregarlo.
—Sí, Su Alteza.
Declan hizo una reverencia formal junto con su respuesta. Cuando Castiel lo siguió apresuradamente haciendo lo mismo, el Príncipe Heredero dio media vuelta sin decir siquiera que se retiraba.
Parecía que se iría así sin más, pero antes de que la puerta se cerrara, añadió una frase de repente.
—No vengas solo, trae a ese médico también.
Como Declan parecía notablemente desconcertado por la orden del Príncipe Heredero de llevarlo a él también, Castiel se quejó en voz alta a propósito.
—Su personalidad parece ser pésima, ¿verdad? Por qué me hace ir y venir a mí también. ¿Se cree mucho solo por ser el Príncipe Heredero?
Por supuesto, esto fue después de confirmar que la puerta estaba cerrada.
Afortunadamente, la crítica hecha a pesar del riesgo surtió efecto. Declan dejó escapar una pequeña risa. Sólo entonces dejó sobre la mesa la bolsa que sostenía en un brazo y abrió los labios. Lo que salió de ellos fue una consideración inesperada.
—No tiene que ir. Puedo ir yo solo.
—¿Eh? Si es una orden de Su Alteza el Príncipe Heredero, ¿no deberíamos obedecerla de todos modos?
La mano de Castiel, que sacaba el pan de la bolsa, se detuvo al instante. Al mismo tiempo, sus ojos abiertos por la sorpresa se dirigieron hacia Declan.
Declan sostuvo esa mirada con una sonrisa más profunda, como si le dijera que se tranquilizara. Luego, le comunicó su intención con una voz más firme.
—Basta con que yo vaya solo y dé una buena excusa. Por cierto, ¿cómo estuvo su respiración? Su Alteza tiene un aire un poco… autoritario.
Cuando la dirección de la preocupación se desvió hacia él con tanta naturalidad, el corazón de Castiel latió con un nerviosismo inevitable. Él bajó la mirada hacia la bolsa vacía sin necesidad y explicó su situación.
—¡Ya le dije que lo que me asusta es la multitud de desconocidos! Como ve, estoy bien. …Pero quizá por la razón que mencionó, hace un momento me sentí un poco incómodo.
—Su instinto debe estar en lo cierto, conde. Su Alteza es… alguien que disfruta sacando a relucir los defectos ajenos, por lo que siempre es un oponente con el que no se puede bajar la guardia. Así que, aunque no sea una multitud, es mejor evitar el contacto directo si es posible.
Ante el consejo sincero, los labios de Castiel se juntaron formando una pequeña “o” de admiración. Luego, se abrieron con una sonrisa ligera y bonita para soltar un comentario bromista.
—Ahora somos cómplices. Delito de Sacrilegio.
Entre sus labios abiertos en una curva, se asomaron un poco sus pequeños dientes frontales. Hace un rato, cuando se mordía el labio inferior con fuerza, se veía tan mal, pero ahora sus dientes alineados que se asomaban se veían simplemente adorables. Y su lengua roja, que salía de repente para humedecer sus labios antes de volver a entrar, capturaba su mirada con una sensación diferente.
Declan se quedó mirando embobado el rostro sonriente de Castiel y apenas recobró el sentido cuando este le dijo que comieran pronto. Sin embargo, las yemas de sus dedos, que retiraban la silla, todavía temblaban levemente por las emociones que no lograba contener.
Como ambos tenían bastante hambre, la comida continuó sin conversación por un rato. Los cocineros del palacio imperial debían ser diferentes, pues la comida era deliciosa a pesar de que la decepción inicial de que fuera “solo un sándwich” fue en vano.
Aprovechando el impulso, Declan, que incluso había conseguido té negro, sirvió la parte de Castiel en una taza y le pidió su opinión.
—Dijo que debía vigilar al paciente pasando la noche en vela. Entonces, ¿qué le parece dormir un poco ahora por adelantado?
—Ah, está bien. Dormí mucho en el carruaje mientras venía hacia aquí.
Mientras esperaba que el té caliente se enfriara, Castiel fue hacia el Emperador y le suministró una pequeña cantidad de agua con sal con más destreza que antes.
—No podemos comer nosotros solos.
Fue un comentario que hizo para sí mismo muy bajito, pero Declan logró escucharlo y se rió a carcajadas. Castiel se sonrojó hasta las orejas por la vergüenza, pero terminó riendo junto a él.
Sentados de nuevo a la mesa, los dos continuaron la charla mientras sostenían sus respectivas tazas. El primero en hablar fue Declan.
—Ayer también puso la excusa de que durmió en el carruaje, pero al final anoche volvió a caer en un sueño profundo.
—Lo de ayer fue, ejem. ¿Quizá por el cansancio del viaje…?
—No lo sé. El conde que yo conozco es muy amigo del sueño. Se duerme rápido, duerme profundamente y duerme por mucho tiempo.
—Oh, lo demás lo sabía, pero no sabía que me dormía rápido.
Era un tema bastante fresco. Castiel inclinó la cabeza un poco más hacia Declan y le pidió más detalles.
—¿Tengo algún otro hábito al dormir que no conozca?
—Al principio se duerme como si se enterrara en la manta, pero después de unas horas la aparta como si se sintiera sofocado. Luego, cuando llega la madrugada, parece tener frío y vuelve a buscar la manta para envolverse en ella como un rollo.
—Ajá, me ha observado… con mucho detalle, ¿verdad? Para saber tanto como eso….
—… Solo estaba haciendo mi trabajo.
—Sí…
Soltó Castiel con una respuesta casi inaudible mientras cubría la mitad de su rostro con la taza de té.
Sentir de nuevo que Declan lo había estado observando todo el tiempo mientras dormía lo hizo sentir… más allá de tímido, un poco extraño.
«No nos pongamos así. No es un pervertido… Él dice que solo hacía su trabajo, ¿por qué me pongo raro yo solo?».
En realidad, Declan estaba igual de desconcertado. De alguna manera, resultó que había confesado haber observado todo el aspecto de Castiel mientras dormía. Solo esperaba que Castiel no lo viera como una persona extraña.
Pasó más tiempo y, finalmente, la noche se hizo profunda. Sin embargo, la habitación del Emperador tenía las luces encendidas con más brillo que durante el día.
Castiel volvió a revisar el estado del Emperador y vertió agua con sal entre sus labios nuevamente. Declan estaba de pie a su lado como si fuera lo más natural.
—Bien. Como aún no hay problemas particulares, si superamos esta noche, el resto de los cuidados podrán ser realizados por los médicos imperiales existentes.
—Qué alivio. Entonces, mañana temprano iré a ver a Su Alteza el Príncipe Heredero. El conde puede descansar mientras tanto y….
La boca de Declan, que enumeraba la agenda con voz calmada, se detuvo de repente. Fue porque Castiel había tomado su muñeca.
En ese estado, Castiel tiró de Declan y lo llevó hacia el sofá. Sentir bajo su mano la pulsera que le había regalado le dio una satisfacción momentánea.
—¿Conde?
Después de sentar a Declan primero, Castiel se dejó caer en el lado opuesto. Y hacia su acompañante, que lo miraba con extrañeza, le comunicó una firme decisión.
—Sacerdote. Mañana yo también iré.
—¿Eh? No, como le dije, no es necesario que….
—Vayamos juntos. Y… por favor, deje que yo asuma la responsabilidad del tratamiento de hoy.
Ante la serie de comentarios inesperados, Declan parecía muy desconcertado. Sin poder decir nada de inmediato, acarició durante un rato su otra muñeca con una mano. Era exactamente el lugar donde Castiel lo había sujetado.
Al verlo así, Castiel soltó un suspiro lento. Pronto, siguieron palabras que se asemejaban a ese suspiro.
—Fui un tonto. No se trata de cualquier persona, está en juego la vida de Su Majestad el Emperador… No hay forma de que no se deba asumir la responsabilidad por el resultado del tratamiento. Sin darme cuenta de que usted la estaba cargando solo, simplemente pensé en lo que me convenía.
—Eso no es algo por lo que el conde deba culparse. Fue mi decisión unilateral.
—Mi culpa es asunto mío, así que no se meta con ella. Y, tiene razón. Usted también debe recibir un sermón de mi parte, porque hizo las cosas a su manera.
Como no quería que el ambiente se volviera pesado, Castiel lo reprendió a propósito con un tono bromista. Sin embargo, Declan seguía pareciendo confundido y se echó hacia atrás el cabello color trigo que cubría su frente un par de veces.
—Es cierto que decidí por mi cuenta. Si me permite decírselo… Fue una elección que hice por el conde, pero también fue un intento de redención.
—¿Redención?
—Debido a mi informe, el Templo se enteró de las habilidades médicas del conde. Al reconocer esta causalidad, el Templo también permitió que yo asumiera la responsabilidad en su lugar.
El tono pausado de Declan estaba cargado de una sinceridad tan profunda que Castiel, de repente, sintió un nudo en la garganta. No ganaría nada intentando culparse a sí mismo por lo sucedido; al final, solo terminaría convirtiéndose en un escudo humano para recibir los golpes en lugar de Castiel.
—Eso no es culpa del sacerdote. De todos modos, los rumores sobre mí ya habían llegado al Templo de Beskia, así que incluso si hubiera venido otra persona en su lugar, se habría redactado un informe. Siguiendo esa lógica, entonces la culpa sería mía por haber realizado el tratamiento por mi cuenta desde el principio.
—El conde simplemente hizo una buena obra.
A diferencia del tono ligero de hace un momento, Castiel le espetó con una voz que ya se había vuelto bastante firme, pero Declan, en respuesta, le dedicó una sonrisa amable. Fue un elogio que, intencionadamente, desvió un poco el contexto de la discusión.
Al enfrentarse a ese rostro, Castiel se sintió más afligido que nunca. Murmuró como si estuviera a punto de llorar.
—No es eso lo que quería escuchar….
—¿Acaso no es verdad que el Templo exageró sus sospechas sobre la pura buena voluntad del conde y por eso el asunto escaló de esta manera? Por lo tanto, el conde no tiene la culpa, y yo….
—Espere un momento. ¿Por qué alguien que debería darle la espalda al Templo más que nadie, ahora intenta representar de nuevo? Si incluso la vigilancia la hizo solo porque el Templo se lo ordenó….
A Declan le hizo verdaderamente feliz que Castiel se pusiera de su lado con tanta terquedad y con la voz teñida de llanto. Pero, así como estaba feliz, también se sentía triste. Sentía que, debido a su miserable situación, le había sembrado una ansiedad innecesaria a Castiel.
Declan se levantó lentamente de su asiento y se acercó al lado de Castiel. Luego, sujetó con suavidad las muñecas de Castiel, quien finalmente había enterrado el rostro en sus palmas, y las bajó.
—Conde, ¿acaso está llorando…? Ah, no lo estaba.
El rostro blanco que pensó que estaría empapado, afortunadamente, estaba tan limpio como de costumbre. Sin embargo, había algo diferente: sus ojos.
Como si hubieran absorbido toda la luz de la habitación, sus ojos brillaban de una manera excesiva. Sin parpadear ni una sola vez con esas pupilas llenas de determinación, Castiel le declaró a Declan con firmeza.
—Me preocupa tanto el sacerdote que ya no puedo dejarlo así. Ahora soy yo quien va a ir tras usted.
—… ¿Eh?
—Digo que lo voy a sacar del Templo.
Ante esto, Declan no pudo ocultar su desconcierto. Se quedó mirando a Castiel con el rostro atónito durante un largo rato, y pasó mucho tiempo antes de que pudiera preguntar por la verdadera intención de esa declaración.
—¿Por qué sus pensamientos saltaron de repente en esa dirección?
—Eso es porque….
Esta vez, fue Castiel quien se quedó sin palabras. Solo quería rescatar de la suciedad la vida de la persona que le gustaba. …Pero no podía confesar su afecto de buenas a primeras solo por querer ser honesto. Al final, Castiel intentó salir del paso soltando palabras vagas.
—¿Será porque, de repente, sentí deseos de hacerlo…? ¡Ah, ya sé! ¡Parece que esto es la voluntad de Dios!
—Para empezar, el conde ni siquiera cree en Dios.
Aunque parecía que el otro no creía en sus palabras para nada, él decidió insistir con terquedad.
—¡No, no es cierto! Como creo en el poder sagrado del sacerdote, por supuesto que también creo en Dios.
—… Conde. Agradezco su intención, pero….
—Sí, sí, sí está agradecido, solo observe por ahora. Yo también lo haré cuidando de mi propia integridad, así que guarde sus preocupaciones.
A los ojos de Castiel, Declan era una persona tan buena que era difícil encontrarle un defecto. Era bondadoso, diligente y muy considerado. Además, como extra, tenía su apariencia.
El problema era que, a pesar de ser tan excepcional, la autoestima de Declan era excesivamente baja. El temperamento que consideró arrogante cuando lo conoció por primera vez no era más que una delgada cáscara con la que se rodeaba. El verdadero Declan era una persona lamentable que, siendo infinitamente generosa con los demás, era demasiado estricta consigo misma y no lograba quererse.
Y como Castiel acababa de enterarse de que el culpable de haberlo vuelto así era el Templo… quería castigar directamente a ese culpable por el bien de la persona que le gustaba. Como un caballero de cuento de hadas que rescata a una princesa de un monstruo. ¿Acaso no son así los cuentos? Aunque sean infantiles, son estructuras donde la justicia siempre vence. Castiel anhelaba ese típico final feliz y estaba dispuesto a lanzarse a ese cliché asumiendo el papel del caballero.
Faltaban solo unos meses para que terminara el plazo de las condiciones de supervivencia impuestas por el sistema. Como la mayor amenaza, que era la sospecha del Templo, había llegado a su fin con el informe de Declan, Castiel consideraba que, en la práctica, ya había cumplido con esa condición.
«Así que, de ahora en adelante, consideraré que encontrar la libertad para este hombre es mi nueva misión».
Tal vez esta misión que él mismo se impuso pondría en peligro la valiosa vida que acababa de obtener. Después de todo, era meterse con los dos poderes más grandes de este mundo: la familia imperial y el Templo.
Sin embargo, curiosamente, Castiel más que tener miedo, se sentía emocionado. Sentía que finalmente había encontrado el significado de su segunda vida, tras pasar por su vida anterior que terminó de forma vana y los últimos dos años escondiéndose en un lugar extraño. Por eso estaba entusiasmado.
Ese sentimiento se reflejaba claramente en el rostro blanco de Castiel. Al ver esa cara rebosante de motivación, Declan ya no pudo pronunciar más palabras de rechazo. En su lugar, con una sonrisa débil, preguntó por el plan de Castiel.
—¿Qué piensa hacer? El Templo es… un lugar temible.
—Eso parece. Por eso, por ahora, pienso analizar un poco el ambiente tanto del Templo como del palacio imperial mientras pienso en un método.
Aunque su plan prioritario era acercarse al Emperador usando como excusa el éxito del tratamiento, Castiel omitió esas palabras a propósito. Se le cruzó el pensamiento de que, si incluso el Príncipe Heredero con el que se topó hace unas horas era alguien difícil, el Emperador sería aún más complicado de persuadir. Por lo tanto, el primer paso era realizar una investigación adecuada.
Declan asintió lentamente ante sus palabras y luego habló con calma.
—… Sigo pensando que no es algo en lo que el conde deba intervenir, pero no tengo derecho a impedir su voluntad. En cambio, ¿podría hacerme una promesa?
—¿Qué promesa?
—Si llega un momento en que el conde sienta que corre peligro, por favor, ríndase de inmediato.
—¿Y si le digo que no quiero…?
—Entonces yo mismo podría intervenir para detener todos los esfuerzos del conde.
«No hace falta llegar a tanto».
Castiel asintió mientras torcía los labios. Desde la perspectiva de Declan, vería a otra persona arriesgándose por él, así que ese nivel de compromiso era, en realidad, algo que debía agradecer.
—Entonces mañana también nos moveremos juntos. ¿Entendido? En el camino de regreso después de ver al Príncipe Heredero, pasemos también por el Templo.
—Las calles estarán llenas de gente, ¿podrá transitar adecuadamente?
—Como usaremos el carruaje para trasladarnos, bastará con tener las cortinas cerradas… Además, el sacerdote estará a mi lado todo el tiempo. Si surge algún problema, usted se encargará de solucionarlo, supongo.
Eran palabras que podían sonar descaradas, pero Declan, por el contrario, soltó una carcajada. Gracias a eso, el ambiente se relajó con suavidad.
Pasar la noche en vela resultó ser algo llevadero, contra todo pronóstico.
Al menos para Castiel fue así. Fue gracias a que durmió profundamente apoyado en el hombro de Declan desde que empezó a amanecer hasta antes de que el sol saliera por completo. Él mismo ni siquiera se dio cuenta de que se había quedado dormido.
Como no quería interrumpir su breve sueño, Declan permaneció rígido en la misma posición desde el momento en que la cabeza de Castiel tocó su hombro. Solo movió su cuerpo una vez.
Fue por un instante muy breve, cuando bajó la cabeza para besar la frente de Castiel.
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